“El Trono de Jade”, de Naomi Novik

Pues sí. Me leí dos libros de Temeraire seguidos. Así, a lo loco.

¿Tanto me gustó el primero? No, la verdad, pero me entretuvo, el bicho me cayó bien y me lo leí en un ratito de nada, así que me lancé a por el siguiente. Y esto fue en septiembre, que es una vergüenza lo abandonado que tengo el blog, pero he hecho propósito de enmienda y pienso ponerme al día y publicar al menos un post a la semana, porque de verdad que leer, leo un montón. Un libro a la semana no es descabellado.

Pero volviendo a los dragones napoleónicos, en esta segunda entrega el sosainas del capitán Lawrence debe viajar a China, ya que el Emperador está más que cabreado de enterarse de que su regalo para Napoleón ha acabado en manos de un don nadie, así que lo quiere de vuelta, con o sin jinete. Pero Temeraire no está dispuesto a dejar a Lawrence, y Lawrence no piensa abandonar a Temeraire, así que allá se van los dos a China. En barco.

¿Por qué van en barco? Porque el viaje atravesando el continente no es posible debido a los riesgos de la guerra. Así que toca hacer un largo viaje rodeando África y atravesando el océano Índico. Pero largo, ¿eh? Un verdadero tostón en el que apenas ocurre nada, salvo algunos mareos, unas cuantas cenas de gala y muchas ofensas diplomáticas que se deshinchan enseguida porque es muy difícil hacer una salida llena de justa indignación cuando se está encerrado en un barco.

Y luego llegan a China y pasan un par de cositas y fin.

Vale, en China hay algo de acción, e incluso una conspiración en la familia del Emperador. Temeraire aprende mucho de la sociedad China, en la que los dragones abundan y se pasean por las calles y tienen trabajos, y acaba prácticamente convertido en un socialista, para consternación de su jinete. Pero esta parte es tan corta comparada con el largo viaje que parece casi inexistente.

La conclusión es que no creo que lea más libros de la serie, al menos en una larga temporada. Tal vez el año que viene…

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“His Majesty’s Dragon”, de Naomi Novik

Seguramente Temeraire es el dragón más encantador con el que me he encontrado en todos mis años de lectura, y eso que yo entré en la novela fantástica con Smaug a los 8 años.

Se me ocurren otras series de libros que tratan de las guerras napoleónicas, como por ejemplo la de Patrick O’Brian del capitán Aubrey y su fiel amigo Maturin, que me leí enterita —los 20 libros— hace ya años. La diferencia es que en esta hay dragones. A montones, en todos los ejércitos y combatiendo, con una tripulación a cuestas como si fuera un navío más.

La historia empieza con la captura por parte de un navío de la Armada británica de un barco francés en el que transportan un huevo de dragón a punto de eclosionar. No hay tiempo de llegar a tierra para entregarlo al Cuerpo del Aire para que busquen un jinete adecuado, así que tendrá que salir de entre la tripulación del buque, que deberá abandonarlo todo para irse con su nueva montura. Al joven dragón recién nacido no se le ocurre mejor cosa que elegir al capitán, un tipo de buena familia, recto, estirado y bastante soso, para quien su nueva posición significa abandonar a su familia, sus planes de matrimonio y su carrera militar. A cambio tiene la compañía leal y constante de Temeraire, un dragón luchador al que le gusta que le lean tratados de matemáticas. ¿Qué puede haber mejor?

Los dragones de Naomi Novik me recuerdan un poco a los de la serie de Los Dragoneros de Pern, por aquello del vínculo con sus jinetes, aunque aquí no es tan fuerte y no hay telepatía. En cambio, su pasión por el oro y las joyas es más propia de los dragones de la mitología nórdica. Lo más original es el haberlos emplazado en el pasado como si hubieran sido un elemento de lo más normal en la época.

Por lo demás, aparte de pasar por alto las leyes de la física y la economía, es una lectura fácil y entretenida.