“La alegría del orden en la cocina”, de Roberta Schira

He recibido este libro de parte de la editora, a cambio de una reseña dando mi opinión. Y desgraciadamente en esta ocasión mi valoración no es muy buena.

Se trata de un libro que sigue la filosofía de la japonesa Marie Kondo, la nueva gurú del orden que ha vendido un porrón de ejemplares de su libro y ha hecho que miles de personas tiren la basura que tienen en casa. Yo soy muy fan del refrán: Quién guarda lo que no usa tiene lo que no necesita, así que procuro no acumular tonterías. No guardo ropa de hace mil años y procuro no tener adornos por la casa que no se puedan meter en el lavavajillas.

Mi problema es que tengo una cocina diminuta, así que pensé que este libro tal vez me diera algún truco para abrir hueco en alguna dimensión paralela que me permita tener sitio para una crock-pot. Porque yo odio mi cocina. No solo es pequeña, sino que está mal aprovechada, con poquísimo espacio de encimera; el fregadero, de un solo seno, cosa que debería ser ilegal, además está pegado a la nevera, con lo que si tienes que lavar algo grande te chocas con una pared a un lado. Un horror.

El libro no llega a las 150 páginas, de las cuales más de la mitad se dedican a explicar la felicidad que proporciona una cocina limpia y ordenada. Hasta ahí, de acuerdo. Incluso puedo estar de acuerdo en que para muchísima gente la cocina es el centro de la casa, aunque para mí no haya sido nunca así. Capto el mensaje: cocina ordenada = felicidad.

Y por fin empieza la sección donde se dan las indicaciones para ordenar la cocina y alcanzar la prometida felicidad. Pero son pocos y muy genéricos. Colocar las cosas cerca de donde se van a utilizar, consejos sobre cuántas ollas y sartenes hay que tener y de qué tipo, y cosas por el estilo, como revisar la despensa y tirar los productos caducados. Y ya. Nada de trucos para alterar las leyes de la física, pero tampoco da ideas que sirvan para aprovechar mejor el espacio que uno tenga.

Yo esperaba, qué se yo, un capítulo sobre como ordenar la nevera, otro sobre los cajones, otro para las alacenas… Algo más concreto y mucho más completo. Los consejos que da están bien, pero no creo que den para más de 20 páginas, el resto es relleno.

Algún día tal vez pueda permitirme una cocina grande, amplia, con un hermoso fregadero con dos senos y escurridor y uno de esos grifos con ducha. Pero ni siquiera entonces me servirá de mucho este libro.

“Mi niño no me come”, de Carlos González

MininonomecomeYo fui una de esas niñas que comen fatal, con peleas en la mesa todos los días, la comida hecha una bola masticada mil veces y mi madre desesperada sin saber cómo hacerme tragar lo que quedaba en el plato. Luego, de repente, a los 12 años me entró hambre, y aunque nunca he sido una tragona, se acabó el problema.

Pero mi Cachorro, al menos por ahora, come estupendamente. Cuando está tomando el biberón más vale no interrumpirlo, ni siquiera porque se haya atragantado, porque los berridos son tremendos y a veces se enfada tanto que luego no hay manera de que se lo siga tomando. Y yo tan contenta, hasta la revisión de los 4 meses. La enfermera me preguntó por la cantidad que tomaba, y yo le contesté que unos 6 biberones diarios de 180 ml. Así que me dijo que por su peso, más de 7 Kg, debía subir a 210 ml.

Fue una tontería por mi parte hacerle caso porque yo sabía perfectamente que el Cachorro siempre dejaba un poco del biberón cuando le ponía 180, así que pasó a dejar bastante más al subir a 210. Si a eso le añadimos unos cuantos días de poco apetito, seguramente porque está empezando con los dientes, yo ya empecé a agobiarme por si no estaba bien alimentado.

La respuesta estaba en este libro, del pediatra Carlos González, que habla del terrible problema para las madres de los niños que no comen lo que ellas esperan. Según el Dr. González, el problema es mío por darle más comida de la cuenta.

El hijo de Ángela tiene un peso completamente normal; la media a los tres meses es de 5,980 kg. Lo que come (700 ml de leche son 490 kcal) también es normal, aunque probablemente es menos de lo que le han mandado. Muchos libros recomiendan a esta edad 105 a 110 kcal por kg (unos 900 ml de leche al día para nuestro protagonista); pero los nuevos datos indican que las necesidades medias son de 88,3 kcal/kg, y la menos dos desviación estándar es de 59,7 kcal/kg, lo que para este niño serían 732 y 495 ml de leche.

Las cuentas son fáciles: 88,3 kcal/kg x 7kg = 616 kcal al día que necesitaría mi cachorro. Sabiendo que 700 ml de leche son 490 kcal, por una simple regla de tres me sale que debe tomar 880 ml diarios, que repartidos en 6 biberones sale a unos 150 ml escasos. ¡Ya estaba tomando más que suficiente antes de aumentarle la dosis!

Así que hace ya más de una semana que hemos vuelto a los biberones de 180 ml, que se toma tan contento, en incluso en la primera toma de la mañana le estoy dando ya los 210 porque se lo estaba acabando enterito y parecía que quería más. En gran parte gracias a este libro, que con datos de la OMS, las agencias europeas y americanas de pediatría y con mucho sentido común explica que nunca hay que obligar a comer a los niños. ¡Qué alivio!

“Endurance: Shackleton’s Incredible Voyage”, de Alfred Lansing

enduranceOdio el frío. Lo detesto, me parece una de las sensaciones más desagradables e incómodas que se pueden experimentar, y además soy muy friolera así que empiezo a sentir frío mucho antes que la mayoría de la gente. Para mí el frío es miseria y siempre digo que si fuera millonaria no volvería a bajar de los 24ºC. No porque considere que es la temperatura ideal, no, más bien es un mínimo a partir del cual la vida empieza a ser agradable.

Todo esto viene a cuento por este libro que acabo de terminar, que me han prestado en el trabajo. Por cierto, qué lío volver a leer en papel, ya no estoy acostumbrada.

En 1915 Sir Ernest Shackleton inició una expedición a la Antártida que pretendía atravesar el continente a pie, porque lo del ir al Polo Sur ya estaba hecho y si se quería hacer algo que llamase la atención tenían que correr más riesgos. Así que puso un anuncio pidiendo voluntarios, y los obtuvo. ¡Montones! Tantos que pudo elegir a su gusto, incluso hubo un chaval al que rechazó que se le coló de polizón en el barco. A mí me resulta inconcebible ofrecerme para pasar frío a propósito, pero supongo que hay gente para todo.

Lo curioso de esta historia es que relata un fracaso. El Endurance, el barco en el que pretendían alcanzar el continente Antártico, quedó atrapado en una gran masa de hielo a solo un día de navegación de su destino. Durante meses los 29 hombres que componían la tripulación estuvieron atrapados en el barco, hasta que la presión del hielo lo trituró. A eso siguieron más meses acampados en el hielo, confiando en que las corrientes y el viento los empujasen hacia el norte para poder salir de allí en bote. Más de un año de frío, hambre y una continua sensación de peligro. Todo esto en una época en la que no existía la ropa térmica que hay hoy en día para soportar climas extremos.

El verdadero triunfo de Shackleton estuvo en que a pesar de las enormes dificultades consiguió sacar de allí a sus hombres con vida. Tal vez porque eligió a un grupo de personas compatibles entre sí, poco dados al desánimo, o porque supo sacarles el mejor partido, o porque fue capaz de inspirarlos con su ejemplo, pero la cuestión es que lo consiguió. Su sentido de la responsabilidad, de que aquellos 28 hombres estaban en peligro por su causa y de que era su labor asegurar su rescate lo empujó a continuar cuando parecía que cualquier esfuerzo era inútil.

Este libro se publicó por primera vez en 1959, por lo que su autor pudo entrevistar a los tripulantes e incluso dispuso de sus diarios para relatar la historia. Lo que más me llama la atención son precisamente esos pequeños fragmentos de los diarios en los que los hombres, tras más de un año atrapados, todavía se muestran animados y dicen cosas como que están contentos porque hace un buen día. ¡Incluso hacen bromas! A mí el frío me aniquila el sentido del humor, es bajar de 15ºC y se me quedan los pies helados y se me frunce el ceño.

Es muy raro que yo lea un libro de no-ficción, pero ha merecido la pena hacer esta excepción. He leído con ansiedad, tapada con una manta en mi sofá para resguardarme del frío antártico pero sin querer parar para poder por fin rescatar a la tripulación del Endurance.