“Theodore Boone: Kid Lawyer”, de John Grisham

No sé por qué razón a John Grisham le ha parecido que sería buena idea dedicarse a escribir novelas para niños. Novelas de abogados para niños. Igual fue cosa de su editor, que le dijo algo en plan, “John, no tenemos casi ventas entre los menores de 16 años, seguro que por ahí nos podemos forrar”.

Se me ocurren muchas razones por las que esta novela falla en su objetivo. En primer lugar, aunque Theo es inteligente y buen chico, su interés por las leyes es un tostón. La acción está parada la mayor parte del tiempo para que Theo explique los procedimientos judiciales a sus compañeros de clase, quienes obviamente no tienen ni idea. Y aunque un juicio por asesinato es emocionante si se compara con uno por multas de aparcamiento, sigue transcurriendo en una sala cerrada con todo el mundo sentado.

Segundo, el misterio que Theo tiene que resolver es bastante flojo y no supone un gran conflicto para el chico. ¿Se lo cuenta primero al juez o a sus padres abogados? ¿O quizás a su tío, también abogado? Oh, el dilema.

Por último, Theo juega al golf. Interesantísimo.

No hay suspense, no hay sensación de peligro, no hay nada que produzca ni un poco de emoción, es un aburrimiento total. Si comparo a Theo con otros personajes infantiles, como por ejemplo Flavia de Luce, mi envenenadora favorita, es que no hay color, básicamente porque el pobre chico es una sombra de personaje.

¿Era necesario crear una serie de misterios legales para niños? Lo dudo, pero si es así, la de John Grisham no la cubre.

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“Unwind”, de Neal Shusterman

Connor, Risa y Lev van a ser “desconectados”, por diferentes motivos. Connor es un adolescente difícil, problemático, el típico rebelde. Risa es una huérfana sin ningún talento especial, y Lev ha sido concebido y criado como diezmo por una familia ultrareligiosa, destinado a la desconexión desde el principio.

La desconexión fue la solución a la Segunda Guerra Civil, centrada en los derechos reproductivos, una forma de contentar tanto a los provida como a los defensores del aborto. Una especie de aborto retroactivo que se puede solicitar mientras el chico no cumpla la mayoría de edad, y que no ofende los sentimientos religiosos de nadie puesto que todos los órganos se aprovechan para trasplantes, con lo que técnicamente la vida sigue. Y el mercado de órganos florece.

Una memez como un piano de grande. Que no digo yo que no haya demanda de órganos para trasplantes, y gente muy loca a la que no le importa de dónde venga el hígado nuevo con tal de hacerse con él. Pero liquidar chavalines así, a mansalva, y con el beneplácito de sus padres, como que no lo veo. Ni siquiera para los especímenes que sacan en Hermano Mayor.

Y con esta idea tan loca, el autor va describiendo una sociedad de lo más antipática, con conspiraciones unas dentro de otras y gente malvada haciendo, pues eso, maldades. Una detrás de otra, sin mucho sentido la mayoría de las veces, llegando a su punto álgido cuando describe la recolección de órganos de uno de los chicos, que según la ley se debe hacer manteniéndolo consciente todo el tiempo posible. Supongo que para así poder escribir precisamente esa escena, desagradable hasta la náusea.

No voy a leer los siguientes libros de la serie. Incluso me ha quitado las ganas de leer nada de este autor, que por otra parte, últimamente tiene mucha fama como escritor de literatura juvenil. Será porque es de los que escriben para generar polémicas, en vez de generar polémicas por lo que escriben.