“Born a Crime”, de Trevor Noah

Lo que me he reído con esta autobiografía del cómico sudafricano Trevor Noah. No suelo leer libros de no ficción, pero una amiga iba a leerlo para su club de lectura y decidí apuntarme también. A leerlo, no al club, que está en Canadá y me pilla un poco a desmano. Lástima.

He visto a Trevor Noah alguna vez en el programa de Jon Stewart, a quien ha sucedido como presentador del Daily Show, así que ya sabía que era un cómico de cierto éxito. Pero eso era todo, no sabía nada de su vida, ni siquiera su nacionalidad. En este libro cuenta su infancia y juventud en Johannesburgo, la experiencia de vivir durante el apartheid y su final, y los primeros años del gobierno de Mandela. Y lo hace con un gran sentido del humor, a pesar de la dureza de su situación. Porque si al racismo le añadimos la pobreza y un padrastro maltratador parece que la cosa no es como para muchas risas.

El título hace referencia al delito que suponía su nacimiento, como fruto de la relación entre una mujer negra y un hombre blanco: los niños mestizos estaban prohibidos. Como si prohibir a una persona tuviera algún sentido, pero tampoco es que el resto de las políticas del apartheid se distinguieran por su lógica.

Algunas de las anécdotas que relata el autor son terribles, otras divertidísimas y otras simplemente curiosas, pero todas están relatadas con buen humor. La religiosidad extrema de su madre, las supersticiones de la abuela, sus “negocios” para ganar dinero ya desde el colegio, incluso los arranques de furia de su padrastro están contados de forma amena. Me ha recordado un poco a Frank McCourt por el tono, aunque evidentemente no es tan buen escritor. Pero es una lectura entretenida e interesante, muy recomendable.

 

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“The Glass Castle”, de Jeannette Walls

coverCuanto más avanzaba en la lectura de esta autobiografía, más ganas me daban de estrangular a la madre de Jeannette Walls. Que su padre era un alcohólico y un inútil queda claro enseguida, pero lo de su madre no tiene nombre. Una mujer que no solo se niega a trabajar simplemente porque es una haragana, sino que come a escondidas mientras sus hijos pasan hambre, no tiene disculpa. Que cuando su hija acude a ella para decirle que su tío la ha estado manoseando no se le ocurra otra respuesta que decirle que el abuso sexual es un crimen de percepción va más allá de la simple negligencia.

Sin embargo la pobre Jeannette habla de sus padres con afecto, no parece guardarles ningún rencor y hasta los disculpa y habla de “mala suerte”, cuando se trataba de dos adultos sanos y capacitados, incluso brillantes, que podrían haber trabajado si hubieran querido. Me parece insultante para la gente que desde su nacimiento carece de los medios o la formación para salir adelante y que tiene que hacer verdaderos esfuerzos para conseguirlo. Pero Jeannette asume que sus padre se niegan a vivir siguiendo ninguna norma, que simplemente son así.

Los niños Walls vivieron una infancia en la que el hambre, el frío y la suciedad eran lo normal. Sus padres los dejaban hacer lo que querían y no les ponían ningún límite, y es verdad que fomentaron su creatividad y los convirtieron en ávidos lectores, pero no creo que eso sea incompatible con comer tres veces al día o tener calefacción. Trabajaron duro y se ayudaron unos a otros para conseguir salir de aquel agujero, y lo consiguieron a pesar de sus padres. Y consiguieron también seguir queriéndolos, pero a mí aún me dan ganas de estrangular a Rose Mary Walls por su egoísmo.

Ha sido una lectura interesante, como un Oliver Twist moderno y más alocado, pero igual de triste.