“Maids of Misfortune”, de M. Louisa Locke

Me descargué esta novela porque Amazon la tenía de oferta, tan oferta que era gratis, y dado que se trataba supuestamente de una novela de misterio pensé, por qué no. Pues ya sé por qué no.

La protagonista es Annie Fuller, una joven viuda que se gana la vida en San Francisco a finales del siglo XIX alquilando habitaciones de su casa. Una señora respetable de conducta intachable, y que además lleva un negocio como adivinadora, para el que se pone un ridículo disfraz y un extraño acento que nunca llegan a decir de dónde se supone que es. Hasta ahí, una tontería, pero todavía medio creíble. Lo que ya lleva la verosimilitud al límite es que su alter ego, Madame Sibyl, está especializada en dar consejos sobre finanzas. A maduros caballeros de negocios, que no venden una acción sin antes consultarlo con ella.

La novela es la primera de una serie titulada A Victorian San Francisco Mistery, y vale que eso no obliga a la protagonista a comportarse como una delicada flor de invernadero, seguro que en esa época había mujeres de carácter fuerte y decidido. Pero lo que no puede ser es que en ocasiones se comporte como lo haría una mujer moderna y en otras le de por desmayarse. Un poquito de coherencia. Y si no quieres verte limitada por la sociedad de aquella época, no escribas una novela histórica.

Pero lo peor es que, escondido en lo que se suponía que era una novela de misterio, lo que hay es una novela rosa. El objeto de los afectos de Annie es el abogado de la víctima, que investiga qué hacía el anciano caballero visitando su casa todas las semanas. Y el tipo es todo el rato de lo más antipático, incluso grosero, con ella. No es hasta bastante adelante en la historia, cuando nos dan su punto de vista, que nos enteramos que es un borde porque, sorpresa, está loquito por la chica, perpetuando esa estupidez de que si es antipático contigo y te tira de las trenzas es porque le gustas.

Ni loca voy a perder el tiempo leyendo nada más de esta autora.

“Sign Off”, de Patricia McLinn

La periodista de televisión E.M. Danniher acaba de trasladarse a la mitad de ninguna parte, Wyomming. Antes una estrella de los telediarios, ha cometido el error de divorciarse de uno de los poderosos ejecutivos de la cadena, así que la envían a terminar su contrato al peor sitio que se les puede ocurrir, con la esperanza de que abandone.

Qué visión de las mujeres tan pobre. Todos los personajes femeninos que aparecen son competidoras de la protagonista. Pero no compiten por su trabajo, sino por la atención de los varones, que están todos encandilados con nuestra chica, por supuesto. Ella no les presta atención, tan solo se arregla un poquito apenas, para poner a las otras arpías en su sitio.

La trama de la investigación es irrelevante, una excusa para que la protagonista se relacione con hombres descritos como extraordinariamente atractivos, a los que no presta atención salvo cuando otras mujeres (todas las demás mujeres) intentan atraerlos. Los villanos de la historia son como de cómic, y la resolución es absolutamente inverosímil. Un despropósito de principio a fin.

Lo terminé porque es cortito, pero ni loca voy a leer nada más de esta serie, es más entretenido el prospecto del ibuprofeno. Y mucho más riguroso.

“La alegría del orden en la cocina”, de Roberta Schira

He recibido este libro de parte de la editora, a cambio de una reseña dando mi opinión. Y desgraciadamente en esta ocasión mi valoración no es muy buena.

Se trata de un libro que sigue la filosofía de la japonesa Marie Kondo, la nueva gurú del orden que ha vendido un porrón de ejemplares de su libro y ha hecho que miles de personas tiren la basura que tienen en casa. Yo soy muy fan del refrán: Quién guarda lo que no usa tiene lo que no necesita, así que procuro no acumular tonterías. No guardo ropa de hace mil años y procuro no tener adornos por la casa que no se puedan meter en el lavavajillas.

Mi problema es que tengo una cocina diminuta, así que pensé que este libro tal vez me diera algún truco para abrir hueco en alguna dimensión paralela que me permita tener sitio para una crock-pot. Porque yo odio mi cocina. No solo es pequeña, sino que está mal aprovechada, con poquísimo espacio de encimera; el fregadero, de un solo seno, cosa que debería ser ilegal, además está pegado a la nevera, con lo que si tienes que lavar algo grande te chocas con una pared a un lado. Un horror.

El libro no llega a las 150 páginas, de las cuales más de la mitad se dedican a explicar la felicidad que proporciona una cocina limpia y ordenada. Hasta ahí, de acuerdo. Incluso puedo estar de acuerdo en que para muchísima gente la cocina es el centro de la casa, aunque para mí no haya sido nunca así. Capto el mensaje: cocina ordenada = felicidad.

Y por fin empieza la sección donde se dan las indicaciones para ordenar la cocina y alcanzar la prometida felicidad. Pero son pocos y muy genéricos. Colocar las cosas cerca de donde se van a utilizar, consejos sobre cuántas ollas y sartenes hay que tener y de qué tipo, y cosas por el estilo, como revisar la despensa y tirar los productos caducados. Y ya. Nada de trucos para alterar las leyes de la física, pero tampoco da ideas que sirvan para aprovechar mejor el espacio que uno tenga.

Yo esperaba, qué se yo, un capítulo sobre como ordenar la nevera, otro sobre los cajones, otro para las alacenas… Algo más concreto y mucho más completo. Los consejos que da están bien, pero no creo que den para más de 20 páginas, el resto es relleno.

Algún día tal vez pueda permitirme una cocina grande, amplia, con un hermoso fregadero con dos senos y escurridor y uno de esos grifos con ducha. Pero ni siquiera entonces me servirá de mucho este libro.

“El verano del comisario Ricciardi”, de Maurizio de Giovanni

El calor ha llegado a Nápoles, haciendo los días sofocantes, pero el crimen no descansa ni da descanso a Ricciardi, que sigue oyendo las últimas palabras de las víctimas de esos crímenes. La última es la duquesa de Camparino, una dama conocida por su belleza y por sus aventuras extramaritales. Si en La primavera del comisario Ricciardi el autor nos daba una visión deprimente de la relación entre madre e hijo, en esta ocasión se centra en los celos, que muy probablemente fueron el motivo del asesinato de la duquesa.

El comisario no comprende los celos, nunca los había sentido. Hasta ahora. Porque el comisario no es el único que tiene problemas, su vecina Enrica, a la que lleva meses contemplando embelesado desde su ventana, tiene al enemigo en casa. Su madre, temiendo que se quede soltera, le ha buscado un pretendiente, y el pobre comisario sufre como si tuviera un puñal clavado en el estómago. Por su parte, Enrica, además de tener que aguantar al pazguato que le ha endosado su madre, también lo pasa fatal, puesto que la sofisticada viuda del tenor Arnaldo Vezzi, a la que el comisario conoció en El invierno del comisario Ricciardi, ha vuelto con la intención de conquistarlo. Incluso el sargento Maione está celoso, nada menos que del verdulero que le dice siempre a su esposa lo guapa que es.

En general no me gustan las historias de celos, es un sentimiento que me desagrada, y más aún cuando se deben a malentendidos o a falta de comunicación, como ocurre aquí. Me da rabia sobre todo por parte de Ricciardi, ya que él no ha dado ni siquiera un paso para iniciar una relación con su vecina, se limita a mirarla por la ventana y a dejar que la pobre chica se haga ilusiones. ¿Qué derecho tiene a sentirse traicionado? Al menos él mismo se da cuenta de lo injusto de sus sentimientos, lo que ya es algo.

Cada vez me gusta más Enrica, es una chica con carácter que no se va a dejar pisotear a pesar de ser tan dulce y complaciente con su familia. Ella es la que mejor reacciona ante sus propios celos, y por eso espero que finalmente consiga lo que quiere. Aunque eso tendrá que esperar a otra novela, pues en esta lo único que queda resuelto, y de manera sorprendente, es el crimen.

Aunque el tema no me ha gustado mucho, la novela sí. Los personajes siguen evolucionando, la soledad autoimpuesta de Ricciardi parece empezar a resquebrajarse y espero que pronto habrá un cambio grande en su vida. Mientras tanto seguirá investigando esos crímenes que tanto lo perturban, disfrutando de la compañía de sus pocos amigos y de la visión, cada noche, de Enrica cosiendo delante de su ventana.

Lecturas de la infancia

Cuando tenía 9 años, a punto de cumplir 10, fuimos a pasar todo el verano a casa de mi abuela. Esto no es nada extraño, muchos niños lo hacen, aunque pocos tienen que ir tan lejos como fuimos nosotros: al medio de la Amazonía, a la ciudad de Iquitos (Perú). Mi abuela pasó allí casi toda su vida, desde los 16 años. Su padre, Cesáreo Mosquera, se fue al Perú en el año 1900 y fundó su librería, la más antigua de toda la Amazonía, y allí se llevó después a sus dos hijas, quienes continuaron al frente hasta que se jubilaron.

Hay niños que sueñan con que los dejen solos en una pastelería para poder ponerse morados. Yo nunca fui una gran comedora, pero con 9 años ya era una lectora, y para mí aquello era un paraíso forrado de estanterías de 4 metros de altura al que tenía libre acceso.

libreria

Los días empezaban temprano, a las 7 de la mañana todo el mundo estaba ya levantado, para aprovechar esas horas más frescas, o más bien menos sofocantes. Yo solía acompañar a mi tía abuela Avia al mercado, a hacer las compras del día. Después muchas veces salía con mis padres y mi hermana de paseo, hasta la hora de comer, a las 12. Y después de comer llegaba la hora de la siesta. El calor hacía huir a todo el mundo de las calles, todos se acostaban con los ventiladores al máximo y desaparecían del mundo hasta por lo menos las 3 de la tarde.

Yo también desaparecía del mundo, pero de otra manera. Cogía una pila de libros de la librería y la mecedorita de madera que había sido de mi madre, y me sentaba en aquel pasillo tan ancho, techado solo en parte y lleno de jardineras de plantas exóticas, con mis libros a un lado y una Inca-Cola bien fría al otro, a leer durante horas.

Aquel verano leí Tiburón, leí Shogun, leí El diario de Edith Holden, leí un libro decepcionante basado en La Guerra de las Galaxias que se titulaba El ojo de la mente, que sirvió para que mi madre me explicara que suele ser una buena idea leer el libro en que se basa una película que te ha gustado, pero no a la inversa. Leí algún libro de una serie para niñas que se titulaba Esther y su mundo, sobre una chica que trabajaba como azafata. Leí y leí y leí, a veces, pocas, de la sección de libros infantiles, pero casi siempre de la de literatura general. Por entonces yo ya había leído El Señor de los Anillos así que la literatura infantil no me impresionaba, y nunca me prohibieron ninguna novela. Leí la edición de Corazón que mi bisabuelo le había regalado a mi abuela cuando era pequeña, y leí un libro de selecciones del Readers Digest que había sido de mi madre, y que tenía su nombre escrito, con su letra infantil, en la primera página. Aún conservo ambos libros. Y sigo leyendo.

“Assassin’s Quest”, de Robin Hobb

Por fin he leído el tercer y último libro de la serie de Farseer y, sin entrar en spoilers, tengo que decir que el final me ha parecido completamente desazonador.

El agotador viaje de Fitz para buscar a Verity y restaurarlo como legítimo rey llega a su fin, y el resultado es completamente inesperado. Todo se resuelve, sí, y la línea de los Farseer tiene asegurada su continuidad, incluso Regal recibe su merecido al fin. La guerra contra los Barcos Rojos también acaba, incluso se da una explicación a cómo se producen los Forjados.

Pero, ¿qué sentido tiene si para nuestro héroe lo único que hay en su vida es infelicidad y sufrimiento? Casi 2000 páginas de lectura y lo único que recibe Fitz por su lealtad y sus sacrificios es una vejez prematura y soledad. Un bajón total.

O tal vez es una forma de asegurarse que el lector siga con la siguiente trilogía, que retoma la trama 15 años más tarde. Tal vez ahí Fitz consiga salir por fin de la miseria total. No sé, ahora mismo no me siento con ánimo de más desgracias.

“Royal Assassin”, de Robin Hobb

Hace un porrón de años leí una novela titulada Assassin’s Apprentice, que me gustó muchísimo, así que no sé por qué no leí el siguiente libro de la serie inmediatamente. Tal vez porque cuando lo empecé no sabía que había más libros y me dio rabia quedarme sin saber el final. Una tontería porque habría bastado con seguir leyendo…

La cuestión es que el segundo libro lleva desde entonces en mi lista de lecturas pendientes, y por fin me he decidido a sacarlo de ahí, así que he releído el último capítulo del primer libro y me he lanzado.

La historia continúa justo donde se había quedado, con Fitz, el bastardo sin nombre convertido en envenenador del rey ha sobrevivido por los pelos al complot de su tío Regal para asesinarlo, y ha conseguido evitar el complot de Regal para matar a su hermano Verity, el heredero al trono, durante su boda por poderes. Fitz, terriblemente debilitado tras el envenenamiento sufrido, debe regresar a casa para continuar al servicio del Rey.

Las incursiones de los Barcos Rojos siguen asolando la costa de los Siete Reinos, y es la nueva esposa de Verity la que parece dar con la solución: ir a buscar a los míticos Elderlings, a las montañas del norte. Y entonces Verity toma una decisión que parece una locura, y que según va avanzando la novela va quedando claro que efectivamente, lo es.

Por otra parte, Molly, la amiga de la infancia de Fitz y objeto de sus amores se presenta en el castillo buscándolo tras la muerte de su padre, y descubre por fin su identidad, con el consiguiente cabreo, con lo que el muchacho se puede pasar varios cientos de páginas lamentándose de que Molly no quiere ni dirigirle la palabra.

Todo va fatal para el pobre Fitz, hasta acabar de la peor forma posible. ¡Y todavía falta un libro para acabar la serie! Esto es llevar demasiado lejos lo del libro de transición, creo yo. Pero por lo menos hay un desarrollo en los personajes, así que no me voy a quejar demasiado y me voy directamente a leer el tercero.