“Unwind”, de Neal Shusterman

Connor, Risa y Lev van a ser “desconectados”, por diferentes motivos. Connor es un adolescente difícil, problemático, el típico rebelde. Risa es una huérfana sin ningún talento especial, y Lev ha sido concebido y criado como diezmo por una familia ultrareligiosa, destinado a la desconexión desde el principio.

La desconexión fue la solución a la Segunda Guerra Civil, centrada en los derechos reproductivos, una forma de contentar tanto a los provida como a los defensores del aborto. Una especie de aborto retroactivo que se puede solicitar mientras el chico no cumpla la mayoría de edad, y que no ofende los sentimientos religiosos de nadie puesto que todos los órganos se aprovechan para trasplantes, con lo que técnicamente la vida sigue. Y el mercado de órganos florece.

Una memez como un piano de grande. Que no digo yo que no haya demanda de órganos para trasplantes, y gente muy loca a la que no le importa de dónde venga el hígado nuevo con tal de hacerse con él. Pero liquidar chavalines así, a mansalva, y con el beneplácito de sus padres, como que no lo veo. Ni siquiera para los especímenes que sacan en Hermano Mayor.

Y con esta idea tan loca, el autor va describiendo una sociedad de lo más antipática, con conspiraciones unas dentro de otras y gente malvada haciendo, pues eso, maldades. Una detrás de otra, sin mucho sentido la mayoría de las veces, llegando a su punto álgido cuando describe la recolección de órganos de uno de los chicos, que según la ley se debe hacer manteniéndolo consciente todo el tiempo posible. Supongo que para así poder escribir precisamente esa escena, desagradable hasta la náusea.

No voy a leer los siguientes libros de la serie. Incluso me ha quitado las ganas de leer nada de este autor, que por otra parte, últimamente tiene mucha fama como escritor de literatura juvenil. Será porque es de los que escriben para generar polémicas, en vez de generar polémicas por lo que escriben.

“Kitchen”, de Banana Yoshimoto

Mi amiga Noe Lestrange, que es traductora de japonés, entre otros muchos talentos, me recomendó este libro, después de que le dije que últimamente no había tenido mucha suerte con la literatura japonesa. Me dio varias opciones pero me decidí por este simplemente por el nombre de la autora, porque es gracioso y porque yo tuve una perra que se llamaba así. Nadie dijo que yo fuera el colmo de la racionalidad.

Primer problema: es un libro de relatos, y a mí no me gustan los relatos. Me cansa pasar de una historia a otra, me molesta dejar una trama y unos personajes para que de repente me hablen de otros que no tienen nada que ver. Ya sé que hay grandes maestros del relato, pero en general me parecen trabajos de principiante, como si estuvieran practicando para escribir una novela. Manías mías.

El libro consta de dos historias, centradas en la cocina. Las protagonistas tienen en común que la cocina es la estancia de la casa en la que se sienten más a gusto, y que ambas han sufrido la pérdida de un ser querido, aunque esto lo llevan con una especie de indiferencia asiática que a mí me deja muy confusa. En la primera historia, la joven Mikage ha perdido a su abuela, que era ya su única pariente viva. Un chico al que apenas conoce, Yuichi, la invita a irse con él y con su madre, para que no esté sola, puesto que supone que estará desolada. A mí no me lo parece, pero es un detalle por parte del chico. La otra historia, Moonlight Shadow, tiene como protagonista a otra joven, Satsuki, que está muy preocupada porque cree que debería estar triste por la muerte de su exnovio.

La otra Banana

Supongo que es una cuestión cultural, pero lo que me ha pasado con todos los libros japoneses que he leído es que me caen mal los personajes. Los encuentro egocéntricos, antipáticos, los hombres, machistas, y las mujeres, serviles, la sociedad en general dada a la superficialidad y el consumismo salvaje. Que no digo yo que eso sea así, seguro que hay gente encantadora, generosa e incluso comprometida con alguna noble causa. Pero en los libros que he leído no aparecen, y no consigo sentir ninguna empatía hacia sus personajes.

El personaje que más me ha gustado es Eriko, la madre/padre de Yuichi, un transexual que es el único que se muestra afectuoso, tanto con su hijo como con Mikage.

En fin, se ve que lo mío son otras latitudes.

“Born a Crime”, de Trevor Noah

Lo que me he reído con esta autobiografía del cómico sudafricano Trevor Noah. No suelo leer libros de no ficción, pero una amiga iba a leerlo para su club de lectura y decidí apuntarme también. A leerlo, no al club, que está en Canadá y me pilla un poco a desmano. Lástima.

He visto a Trevor Noah alguna vez en el programa de Jon Stewart, a quien ha sucedido como presentador del Daily Show, así que ya sabía que era un cómico de cierto éxito. Pero eso era todo, no sabía nada de su vida, ni siquiera su nacionalidad. En este libro cuenta su infancia y juventud en Johannesburgo, la experiencia de vivir durante el apartheid y su final, y los primeros años del gobierno de Mandela. Y lo hace con un gran sentido del humor, a pesar de la dureza de su situación. Porque si al racismo le añadimos la pobreza y un padrastro maltratador parece que la cosa no es como para muchas risas.

El título hace referencia al delito que suponía su nacimiento, como fruto de la relación entre una mujer negra y un hombre blanco: los niños mestizos estaban prohibidos. Como si prohibir a una persona tuviera algún sentido, pero tampoco es que el resto de las políticas del apartheid se distinguieran por su lógica.

Algunas de las anécdotas que relata el autor son terribles, otras divertidísimas y otras simplemente curiosas, pero todas están relatadas con buen humor. La religiosidad extrema de su madre, las supersticiones de la abuela, sus “negocios” para ganar dinero ya desde el colegio, incluso los arranques de furia de su padrastro están contados de forma amena. Me ha recordado un poco a Frank McCourt por el tono, aunque evidentemente no es tan buen escritor. Pero es una lectura entretenida e interesante, muy recomendable.

 

“Maids of Misfortune”, de M. Louisa Locke

Me descargué esta novela porque Amazon la tenía de oferta, tan oferta que era gratis, y dado que se trataba supuestamente de una novela de misterio pensé, por qué no. Pues ya sé por qué no.

La protagonista es Annie Fuller, una joven viuda que se gana la vida en San Francisco a finales del siglo XIX alquilando habitaciones de su casa. Una señora respetable de conducta intachable, y que además lleva un negocio como adivinadora, para el que se pone un ridículo disfraz y un extraño acento que nunca llegan a decir de dónde se supone que es. Hasta ahí, una tontería, pero todavía medio creíble. Lo que ya lleva la verosimilitud al límite es que su alter ego, Madame Sibyl, está especializada en dar consejos sobre finanzas. A maduros caballeros de negocios, que no venden una acción sin antes consultarlo con ella.

La novela es la primera de una serie titulada A Victorian San Francisco Mistery, y vale que eso no obliga a la protagonista a comportarse como una delicada flor de invernadero, seguro que en esa época había mujeres de carácter fuerte y decidido. Pero lo que no puede ser es que en ocasiones se comporte como lo haría una mujer moderna y en otras le de por desmayarse. Un poquito de coherencia. Y si no quieres verte limitada por la sociedad de aquella época, no escribas una novela histórica.

Pero lo peor es que, escondido en lo que se suponía que era una novela de misterio, lo que hay es una novela rosa. El objeto de los afectos de Annie es el abogado de la víctima, que investiga qué hacía el anciano caballero visitando su casa todas las semanas. Y el tipo es todo el rato de lo más antipático, incluso grosero, con ella. No es hasta bastante adelante en la historia, cuando nos dan su punto de vista, que nos enteramos que es un borde porque, sorpresa, está loquito por la chica, perpetuando esa estupidez de que si es antipático contigo y te tira de las trenzas es porque le gustas.

Ni loca voy a perder el tiempo leyendo nada más de esta autora.

“Sign Off”, de Patricia McLinn

La periodista de televisión E.M. Danniher acaba de trasladarse a la mitad de ninguna parte, Wyomming. Antes una estrella de los telediarios, ha cometido el error de divorciarse de uno de los poderosos ejecutivos de la cadena, así que la envían a terminar su contrato al peor sitio que se les puede ocurrir, con la esperanza de que abandone.

Qué visión de las mujeres tan pobre. Todos los personajes femeninos que aparecen son competidoras de la protagonista. Pero no compiten por su trabajo, sino por la atención de los varones, que están todos encandilados con nuestra chica, por supuesto. Ella no les presta atención, tan solo se arregla un poquito apenas, para poner a las otras arpías en su sitio.

La trama de la investigación es irrelevante, una excusa para que la protagonista se relacione con hombres descritos como extraordinariamente atractivos, a los que no presta atención salvo cuando otras mujeres (todas las demás mujeres) intentan atraerlos. Los villanos de la historia son como de cómic, y la resolución es absolutamente inverosímil. Un despropósito de principio a fin.

Lo terminé porque es cortito, pero ni loca voy a leer nada más de esta serie, es más entretenido el prospecto del ibuprofeno. Y mucho más riguroso.

“La alegría del orden en la cocina”, de Roberta Schira

He recibido este libro de parte de la editora, a cambio de una reseña dando mi opinión. Y desgraciadamente en esta ocasión mi valoración no es muy buena.

Se trata de un libro que sigue la filosofía de la japonesa Marie Kondo, la nueva gurú del orden que ha vendido un porrón de ejemplares de su libro y ha hecho que miles de personas tiren la basura que tienen en casa. Yo soy muy fan del refrán: Quién guarda lo que no usa tiene lo que no necesita, así que procuro no acumular tonterías. No guardo ropa de hace mil años y procuro no tener adornos por la casa que no se puedan meter en el lavavajillas.

Mi problema es que tengo una cocina diminuta, así que pensé que este libro tal vez me diera algún truco para abrir hueco en alguna dimensión paralela que me permita tener sitio para una crock-pot. Porque yo odio mi cocina. No solo es pequeña, sino que está mal aprovechada, con poquísimo espacio de encimera; el fregadero, de un solo seno, cosa que debería ser ilegal, además está pegado a la nevera, con lo que si tienes que lavar algo grande te chocas con una pared a un lado. Un horror.

El libro no llega a las 150 páginas, de las cuales más de la mitad se dedican a explicar la felicidad que proporciona una cocina limpia y ordenada. Hasta ahí, de acuerdo. Incluso puedo estar de acuerdo en que para muchísima gente la cocina es el centro de la casa, aunque para mí no haya sido nunca así. Capto el mensaje: cocina ordenada = felicidad.

Y por fin empieza la sección donde se dan las indicaciones para ordenar la cocina y alcanzar la prometida felicidad. Pero son pocos y muy genéricos. Colocar las cosas cerca de donde se van a utilizar, consejos sobre cuántas ollas y sartenes hay que tener y de qué tipo, y cosas por el estilo, como revisar la despensa y tirar los productos caducados. Y ya. Nada de trucos para alterar las leyes de la física, pero tampoco da ideas que sirvan para aprovechar mejor el espacio que uno tenga.

Yo esperaba, qué se yo, un capítulo sobre como ordenar la nevera, otro sobre los cajones, otro para las alacenas… Algo más concreto y mucho más completo. Los consejos que da están bien, pero no creo que den para más de 20 páginas, el resto es relleno.

Algún día tal vez pueda permitirme una cocina grande, amplia, con un hermoso fregadero con dos senos y escurridor y uno de esos grifos con ducha. Pero ni siquiera entonces me servirá de mucho este libro.

“El verano del comisario Ricciardi”, de Maurizio de Giovanni

El calor ha llegado a Nápoles, haciendo los días sofocantes, pero el crimen no descansa ni da descanso a Ricciardi, que sigue oyendo las últimas palabras de las víctimas de esos crímenes. La última es la duquesa de Camparino, una dama conocida por su belleza y por sus aventuras extramaritales. Si en La primavera del comisario Ricciardi el autor nos daba una visión deprimente de la relación entre madre e hijo, en esta ocasión se centra en los celos, que muy probablemente fueron el motivo del asesinato de la duquesa.

El comisario no comprende los celos, nunca los había sentido. Hasta ahora. Porque el comisario no es el único que tiene problemas, su vecina Enrica, a la que lleva meses contemplando embelesado desde su ventana, tiene al enemigo en casa. Su madre, temiendo que se quede soltera, le ha buscado un pretendiente, y el pobre comisario sufre como si tuviera un puñal clavado en el estómago. Por su parte, Enrica, además de tener que aguantar al pazguato que le ha endosado su madre, también lo pasa fatal, puesto que la sofisticada viuda del tenor Arnaldo Vezzi, a la que el comisario conoció en El invierno del comisario Ricciardi, ha vuelto con la intención de conquistarlo. Incluso el sargento Maione está celoso, nada menos que del verdulero que le dice siempre a su esposa lo guapa que es.

En general no me gustan las historias de celos, es un sentimiento que me desagrada, y más aún cuando se deben a malentendidos o a falta de comunicación, como ocurre aquí. Me da rabia sobre todo por parte de Ricciardi, ya que él no ha dado ni siquiera un paso para iniciar una relación con su vecina, se limita a mirarla por la ventana y a dejar que la pobre chica se haga ilusiones. ¿Qué derecho tiene a sentirse traicionado? Al menos él mismo se da cuenta de lo injusto de sus sentimientos, lo que ya es algo.

Cada vez me gusta más Enrica, es una chica con carácter que no se va a dejar pisotear a pesar de ser tan dulce y complaciente con su familia. Ella es la que mejor reacciona ante sus propios celos, y por eso espero que finalmente consiga lo que quiere. Aunque eso tendrá que esperar a otra novela, pues en esta lo único que queda resuelto, y de manera sorprendente, es el crimen.

Aunque el tema no me ha gustado mucho, la novela sí. Los personajes siguen evolucionando, la soledad autoimpuesta de Ricciardi parece empezar a resquebrajarse y espero que pronto habrá un cambio grande en su vida. Mientras tanto seguirá investigando esos crímenes que tanto lo perturban, disfrutando de la compañía de sus pocos amigos y de la visión, cada noche, de Enrica cosiendo delante de su ventana.