“Spoonbenders”, de Daryl Gregory


Las tres generaciones de la familia Telemachus se reúnen bajo un mismo techo cuando Irene se ve obligada a volver a casa de su padre, acompañada de su hijo de 14 años Matty. Irene ha perdido su trabajo y la culpa es de su capacidad para saber si alguien dice la verdad o miente, porque los Telemachus no son una familia normal, sino que la mayoría de sus miembros tienen poderes mentales. Irene es el detector de mentiras, su hermano Frankie era el telequinético que movía cosas con la mente, y el pequeño Buddy era el niño que predecía el futuro, aunque casi no ha vuelto a hablar desde la muerte de su madre, cuando era pequeño. Nadie dice en voz alta lo que pueden hacer las gemelas de Frankie, pero todo el mundo toma medidas anti-incendios donde quiera que estén las niñas. Y la matriarca, la gran Maureen, era la que tenía mayores capacidades, y parece que Matty puede haberlas heredado.

Por último queda el gran Teddy Telemachus, el estafador y creador del mito familiar. Él, el más escéptico de los hombres, es el primero en darse cuenta de que Maureen es una auténtica vidente, y juntos ponen en marcha un espectáculo con el que está seguro de que se harán ricos.

La historia se desarrolla en 1995, cuando Matty descubre su capacidad para salir de su cuerpo y desplazarse a voluntad. Por desgracia es algo que solo consigue hacer cuando está excitado o drogado, así que no puede ni hablar del tema con su madre, quien se daría cuenta de inmediato de que oculta algo. Es a su tío Frankie a quien acude, y no es una idea muy sabia ya que éste se ha endeudado con la mafia y pretende aprovecharse de los poderes del chico para solucionar sus problemas. Por otra parte el tío Buddy tiene un comportamiento cada vez más extraño y parece decidido a desmantelar la casa habitación por habitación.

Todo esto está salpicado de flashbacks para explicar la historia de la familia cuando eran Los Asombrosos Telemachus y acudían a programas de televisión a mostrar sus poderes. Cuando Maureen estaba viva y Buddy estaba cuerdo y Frankie tenía confianza y Teddy no se sentía solo.

Es una novela a ratos triste, a ratos cómica hasta provocar la carcajada. Me ha entretenido muchísimo, y me ha encantado ver como, a medida que avanzaba, todas las locuras de los distintos miembros de la familia van convergiendo hacia un final apoteósico. Me lo he pasado en grande.

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