Lecturas de la infancia


Cuando tenía 9 años, a punto de cumplir 10, fuimos a pasar todo el verano a casa de mi abuela. Esto no es nada extraño, muchos niños lo hacen, aunque pocos tienen que ir tan lejos como fuimos nosotros: al medio de la Amazonía, a la ciudad de Iquitos (Perú). Mi abuela pasó allí casi toda su vida, desde los 16 años. Su padre, Cesáreo Mosquera, se fue al Perú en el año 1900 y fundó su librería, la más antigua de toda la Amazonía, y allí se llevó después a sus dos hijas, quienes continuaron al frente hasta que se jubilaron.

Hay niños que sueñan con que los dejen solos en una pastelería para poder ponerse morados. Yo nunca fui una gran comedora, pero con 9 años ya era una lectora, y para mí aquello era un paraíso forrado de estanterías de 4 metros de altura al que tenía libre acceso.

libreria

Los días empezaban temprano, a las 7 de la mañana todo el mundo estaba ya levantado, para aprovechar esas horas más frescas, o más bien menos sofocantes. Yo solía acompañar a mi tía abuela Avia al mercado, a hacer las compras del día. Después muchas veces salía con mis padres y mi hermana de paseo, hasta la hora de comer, a las 12. Y después de comer llegaba la hora de la siesta. El calor hacía huir a todo el mundo de las calles, todos se acostaban con los ventiladores al máximo y desaparecían del mundo hasta por lo menos las 3 de la tarde.

Yo también desaparecía del mundo, pero de otra manera. Cogía una pila de libros de la librería y la mecedorita de madera que había sido de mi madre, y me sentaba en aquel pasillo tan ancho, techado solo en parte y lleno de jardineras de plantas exóticas, con mis libros a un lado y una Inca-Cola bien fría al otro, a leer durante horas.

Aquel verano leí Tiburón, leí Shogun, leí El diario de Edith Holden, leí un libro decepcionante basado en La Guerra de las Galaxias que se titulaba El ojo de la mente, que sirvió para que mi madre me explicara que suele ser una buena idea leer el libro en que se basa una película que te ha gustado, pero no a la inversa. Leí algún libro de una serie para niñas que se titulaba Esther y su mundo, sobre una chica que trabajaba como azafata. Leí y leí y leí, a veces, pocas, de la sección de libros infantiles, pero casi siempre de la de literatura general. Por entonces yo ya había leído El Señor de los Anillos así que la literatura infantil no me impresionaba, y nunca me prohibieron ninguna novela. Leí la edición de Corazón que mi bisabuelo le había regalado a mi abuela cuando era pequeña, y leí un libro de selecciones del Readers Digest que había sido de mi madre, y que tenía su nombre escrito, con su letra infantil, en la primera página. Aún conservo ambos libros. Y sigo leyendo.

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2 pensamientos en “Lecturas de la infancia

  1. Siempre lo digo…. Yo nací no sólo en El Paraíso, sino que además en una librería.
    No sabes lo feliz que me hace que tengas esos recuerdos increíbles, donde ir al mercado suponía poder comprar monos, «pihuichos» (nombre local de loritos verdes que aprenden a hablar), cocodrilo troceado, tortugas e insólitas hierbas para supuestamente preparar pócima amorosas.

  2. Wow… Yo tengo ese recuerdo con las estanterías de las casas de mis abuelos… Que maravilla, me hubiera encantado que mi familia tuviera una librería. ¡Una entrada preciosa!

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