“Murió por los pelos”, de Nacho Docavo


Murio por los pelos 17Hace unos días Ediciones Ípsilon me ofreció este libro por si quería escribir una reseña, y cuando vi el argumento dije que sí de inmediato.

Cuando era pequeña mi abuela me contó muchas veces cómo era el proceso con el que los indios jíbaros reducían cabezas. A mí me parecía algo fascinante y recuerdo con asombro que no me daban ni pizca de miedo, lo único que me daba un poco de repelús era que les cosieran la boca. Tal vez aquellas cabezas eran demasiado absurdas en su pequeñez para parecerme humanas. En nuestra casa de Iquitos aún quedaba alguna de los tiempos de su padre, mi bisabuelo. Él había sido amigo de otro gallego,  Alfonso Graña, que también había emigrado al Perú atraído por la fiebre del caucho, pero en lugar de quedarse en la ciudad pasaba largas temporadas entre los jíbaros en el río Santiago. Allí trabajaban para él extrayendo sal, y cuando reunía un cargamento descendía en balsas por el río hasta Iquitos acompañado de 2 ó 3 jíbaros. Graña se los llevaba a tomar un helado, al cine y a la librería de mi bisabuelo, quien les hacía fotos con sus faldas de algodón, sus collares y sus plumas. Después él mismo les cortaba el pelo y les hacía más fotos vestidos de frac. Mi abuela y mi tía abuela aparecen también en muchas de esas fotos, con los jíbaros sosteniendo sus cabezas reducidas al tamaño de un puño.

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De izquierda a derecha: mi tía Avia, un jíbaro con una cabeza reducida, mi abuela Coseta, otro jíbaro y Alfonso Graña

Por eso empecé este libro con cierta precaución, temiéndome encontrarme con cualquier tontería. Pero la verdad es que el proceso que describe el autor es prácticamente idéntico al que me contaba mi abuela, y su descripción de la selva, con los zancudos picando sin parar, es tal y como yo la recuerdo.

La novela en sí es una aventura cortita y muy entretenida, sobre una especie de Indiana Jones de Madrid que recibe el encargo de una gran multinacional de la cosmética de ir al Amazonas a buscar la fórmula de los jíbaros para reducir cabezas, ya que creen que sería la cura para la alopecia. Pero otra empresa rival está dispuesta a todo por hacerse con la fórmula así que nuestro héroe tiene que utilizar su ingenio para lograr salir vivo del embrollo en que se ha metido.

Me he divertido y me he acordado de la selva. ¿Qué más se puede pedir?

Para Kindle: Murió por los pelos

Nota: La foto de los jíbaros, que mi abuela prestó con toda su buena voluntad para un libro sobre gallegos en América, ha aparecido muchas veces en la prensa, manipulada para dar credibilidad a las estupideces que se han publicado sobre Graña. Esta foto pertenece mi familia y NO damos permiso a nadie para que la reproduzca, edite, cambie con Photoshop para incluir a Pocahontas ni publique de ningún modo.

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4 pensamientos en ““Murió por los pelos”, de Nacho Docavo

  1. No termino de pillar por qué los jíbaros podrían tener el remedio contra la alopecia cuando en realidad no he conocido a ningún indígena calvo. Debe de ser para compensar el hecho de que sean lampiños, toda la fuerza de les va al cuero cabelludo.
    Me entristece ver a mi madre vestida aún con la estética de “recién salida del internado de las monjas de Madrid” y el horror de posar entre esos dos salvajes. Sólo años después empezó a disfrutar de las chifladuras y extravagancias de mi abuelo.
    Las cabezas reducidas son de otras tribus enemigas, también de la etnia
    jíbara, los Huampis (ya no se dejan llamar Huambisas), los Aguajún (tampoco
    quieren ser conocidos como Aguarunas) y los Achual, que aunque hay algunos
    en Perú, están más por Ecuador.

    • Es lo mismo que me extrañó a mí. Según la novela, unos científicos habían comparado el pelo de una cabeza reducida con el de un muerto normal, y era muchísimo mejor. Pero yo creo que obtendrían el mismo resultado comparando el pelo de un indio vivo con el de un blanco vivo. Vaya melenas fuertes que tienen.

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