“Criptonomicón”, de Neal Stephenson


Hace poco ha salido una nueva novela de Stephenson titulada Reamde, que la crítica pone por las nubes y que me muero de ganas de leer. Pero como tengo manías rarunas y me gusta leer todo lo que puedo de un escritor en lo más parecido a su orden de publicación en lugar de la última me he leído Criptonomicón.

Aunque es cierto que no ha desbancado a Snow Crash como mi favorita, me ha gustado muchísimo. Se trata de una historia protagonizada por auténticos frikis de las matemáticas y la informática en dos épocas separadas por cincuenta años.

En los años 30 tenemos a Lawrence Pritchard Waterhouse, un joven matemático que cumple todos los tópicos: es extraordinariamente inteligente, despistado y totalmente carente de habilidades sociales. En Princeton conoce a Alan Turing y a su pareja, un joven matemático alemán. Los tres se hacen buenos amigos y trabajan juntos durante una temporada. Pero estalla la Segunda Guerra Mundial, y los tres acaban trabajando para los servicios de inteligencia de sus respectivos países, creando códigos seguros e intentando romper los de sus enemigos.

Por otro lado tenemos a Bobby Saftoe, un marine de los duros asignado a la división que se ocupa de generar desinformación para confundir al enemigo, a su amigo Goto Dengo, soldado japonés y experto en minería, y a Enoch Root, un sacerdote católico de lo más raro.

En los años 90 algunos de los descendientes de estos personajes convergen, buscando el oro que los japoneses escondieron en Filipinas en los últimos días de la guerra, sin saber que sus abuelos ya lo habían intentado 50 años antes.

La mezcla de personajes y acontecimientos reales con otros ficticios resulta curiosa y a ratos hasta muy divertida. Por ejemplo, el tiempo que pasa Lawrecen Pritchard Waterhouse en Qwlghm, una isla inexistente al norte de Inglaterra en la que hablan no uno sino dos idiomas totalmente carentes de vocales.

Además de contar con detalle como fue el desarrollo de la criptografía y la invención de los primeros ordenadores como herramienta necesaria para romper los códigos enemigos, Stephenson se entretiene con largos pasajes que bien podrían utilizarse para un club de la comedia. Aquí va un ejemplo:

Las pepitas de oro de Cap’n Crunch cubren el fondo del cuenco produciendo un sonido similar al de barras de vidrio partiéndose por la mitad. Diminutos fragmentos se escapan de sus esquinas y rebotan por la superficie de porcelana blanca. Comer cereales correctamente es un baile de pequeños compromisos. Un cuenco enorme cargado de cereales empapados cubiertos de leche es la marca de un novato. Idealmente, uno desea que los cereales completamente secos y la leche criogénica entren en la boca con el mínimo contacto y que la reacción entre ellos tenga lugar en la boca. Randy ha creado un conjunto de planos mentales para la cuchara perfecta para comer cereales que tendría un pequeño tubo corriendo por el medio y una pequeña bomba para la leche, de forma que puedas tomar cereales secos del cuenco, apretar un botón con el pulgar y lanzar leche sobre la cuchara mientras la introduces en la boca. A falta de esa cuchara, lo mejor es actuar con pequeños incrementos, poniendo sólo una pequeña cantidad de Cap’n Crunch en el cuenco y comérselo todo antes de que se convierta en un pozo de asqueroso cieno, lo que, en el caso de Cap’n Crunch, lleva unos treinta segundos.

Esto es solo una pequeña parte, la preparación e ingestión correcta de estos cereales se prolonga varias páginas más.

El devorador de cereales es Randy Waterhouse, nieto del matemático que protagoniza la otra línea temporal de la historia, quien no tiene ni idea de lo que había hecho su abuelo en la guerra. Y su parte de la historia es también lo que se suele llamar un viaje iniciático. Normalmente esa clase de historias las protagoniza un niño o un adolescente, mientras que Randy parece un adulto: está en la treintena, lleva barba, tiene un trabajo y una novia desde 10 años. Pero todo eso son apariencias, en cuanto surge la oportunidad se larga con sus amigos hackers a jugar con sus juguetes de alta tecnología. Y es durante este viaje que Randy madura, se vuelve responsable y hasta se afeita, descubriendo debajo de la barba una cara de adulto.

No sé si todo el mundo encontrará tan divertida e interesante como yo una novela de casi mil páginas plagada de fórmulas matemáticas sobre la generación de números pseudoaleatorios y las claves basadas en números primos, pero desde luego yo la he disfrutado de principio a fin. Estoy deseando empezar con el Ciclo Barroco.

Por cierto, he leído por ahí que los pequeños errores tipográficos o gramaticales que hay en la edición original encierran una clave. Si alguien la ha descifrado me encantaría saberlo.

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3 pensamientos en ““Criptonomicón”, de Neal Stephenson

      • Amen. Yo lleno el tazón de leche bien fría y voy echando los cereales poco a poco, me los como, y relleno, etc.

        Volviendo a Stephenson, intentaré leerme el de Reamde en VO, a ver si no es muy duro 😛

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