“Una conjura en Hispania”, de Lindsey Davis


En la octava novela del detective Marco Didio Falco, éste deja la Roma de Vespasiano para investigar una compleja trama para crear un cártel del aceite de oliva en Hispania.

Todo empieza en una cena celebrada en Roma a la que acuden varios hispanos relacionados con el comercio del aceite de oliva, además de un importante senador y un alto funcionario de Palacio, que es quien lleva a Falco para encargarle una misión. También está allí Anácrites, el jefe de espías y ahora enemigo de Falco, además de una exótica bailarina hispana.

Tras la cena, Anácrites y uno de sus agentes son atacados, el agente muere y Anácrites queda tan gravemente herido que no cuentan con que se recupere. Así que Falco es enviado a Corduba para investigar la trama de corrupción del aceite y el asesinato. Y con él viaja Helena Justina, embarazadísima pero poco dispuesta a quedarse en Roma a escuchar consejos tanto de su madre como de la de Falco.

Tenía curiosidad por ver cómo retrata la autora, británica, a los hispanos del siglo I d.C., ya que en otras novelas de la serie no había sido muy amable con los romanos o los galos, o incluso los británicos. No es que fuera a molestarme, pocas veces me he reído tanto como con Asterix en Hispania, así que estaba más que dispuesta a aceptar estereotipos. Pero la verdad es que hace un retrato bastante amable de los andaluces de la época. Los describe como gente que discute con energía pero no con violencia, no hay referencias a la pereza y la siesta se describe como algo necesario para soportar el terrible calor de las horas centrales del día. El personaje con el que Falco interactúa más es Mario Optato, el administrador de la finca que el padre de Helena tiene en Corduba, y resulta ser un tipo íntegro, inteligente y trabajador.

Como siempre, Falco se encuentra con todos los tropiezos habidos y por haber, traiciones y conjuras una detrás de otra, y situaciones cada vez más complicadas, de las que consigue salir más o menos airoso. Aunque ahora sus prioridades han cambiado, y la única situación en la que quiere triunfar es la familiar. Así que ver a los hijos de los nobles romanos de la Bética en plena juerga lo llena de inquietud. La descripción de la fiesta que celebran los hijos de uno de los terratenientes locales no tiene desperdicio, y es digna del mejor botellón de nuestros días:

Por todos los baños y gimnasios de la ciudad había corrido la voz de que los tres espléndidos muchachos celebraban una fiesta. La noticia se había extendido como los hongos de pie de atleta. Los jóvenes menos recomendables de la ciudad habían murmurado de pronto a sus padres que pasarían la noche en casa de un amigo, teniendo buen cuidado de no concretar cuál. En aquel momento, por toda Corduba, muchos padres se preguntaban vagamente dónde se habría escabullido su abúlico descendiente y por qué apestaba tanto a pastillas de refrescar el aliento. Sus hijos, adolescentes que disponían de sumas crecidas (e inapropiadas) para su uso personal, muchos de ellos de hombros aún huesudos y piel pustulosa, llevaban semanas pendientes de aquella noche. Esperaban que salieran de la fiesta hechos hombres.

Pero lo único seguro es que saldrían de ella pálidos y con mal semblante.

Las chicas habían llegado también. Las había decentes, aunque su reputación quizá no resistiera la velada. Otras ya traían de buen principio una fama algo mancillada, que sería horrenda para cuando hubieran apurado varias jarras de vino sin aguar y se hubieran dejado quitar el corpiño detrás de los frondosos laureles. Algunas eran claramente profesionales.

Las hijas de Falco lo van a tener crudo para poner un pie fuera de casa.

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