“Tiempo para escapar”, de Linsey Davis


No hay ni un momento de respiro para Marco Didio Falco. Al instante de desembarcar a su vuelta de Palmira, su amigo Petronio Longo le pide ayuda para una misión de la Cuarta Cohorte de los vigiles a la que pertenece: supervisar que uno de los mandamases de los bajos fondos de Roma abandona la ciudad, en lo que se conoce como su “tiempo para escapar”. Y es que la ley romana, en caso de condenar a muerte a un ciudadano, le concedía al reo el tiempo para recoger algunas pertenencias y salir pitando.

Una vez embarcado el criminal Balbino Pío, Falco aún tiene tiempo de que intenten robarle las mercancías traídas de Palmira para su padre y de que el Emperador le encargue investigar la corrupción existente entre los vigiles, lo que podría acabar para siempre con su amistad con Petro.

Pero Marco tiene pocas opciones, necesitas ganarse el favor de Vespasiano para que por fin se le permita casarse con Helena Justina, quien además está embarazada. Para liar aún más las cosas, parece que un nuevo cerebro criminal se ha hecho con la organización de Balbino Pío, y a sus actividades anteriores se añade el secuestro de niños, entre ellos una sobrina de Marco. Y hay dos nuevos miembros en su caótica familia: una perra abandonada que lo adopta con gran entusiasmo y un bebé que encuentra abandonado en la calle.

La Roma que se describe en esta ocasión es aún más sórdida que de costumbre, llena de ladrones, asesinos y prostitutas, consentidos por funcionarios corruptos. Es un lugar duro y amenazante en el que cualquiera es una amenaza y donde los ciudadanos honrados parecen no existir. Así describe Falco, de vigilancia con uno de los vigiles de Petro, el Foro de Roma:

Ahora, en el Foro, aunque diera la impresión de estar sumido en desalentadas reflexiones filosóficas, había distinguido enseguida al vagabundo que, borracho como el caballo de tiro de un vinatero, avanzaba zigzagueante con aire determinado hacia dos individuos de ademán altanero que deambulaban junto a los Patios Julianos, envueltos en togas. También se había fijado en los esclavos que rondaban el lugar, entre ellos el que le había birlado un tintero a otro y lo había ocultado bajo la túnica con la clara intención de robarlo. Asimismo, Martino se había fijado en la vieja llorosa y en la muchacha que iba camino de su casa y no se había dado cuenta de que la seguían. Por último, su mirada se detuvo en un grupo de muchachos que remoloneaba en la escalinata del Templo de Cástor y Pólux; unos jóvenes que buscaban camorra, eso estaba claro, pero que no habían emprendido todavía una vida delictiva. Probablemente.

Sin embargo Falco consigue salir adelante, capturar a los malos y proteger a los inocentes, si es que queda alguno. Y aunque nunca abandona el tono cínico de quien sabe que por cada criminal que retire de la circulación hay varios más esperando a ocupar su puesto, al menos por esta vez todo sale bien.

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