“La casa del propósito especial”, de John Boyne


Georgi Danílovich Yáchmenev, ya anciano, recuerda su vida mientras la de su esposa se va acabando en un hospital de Londres. Al menos, su vida a partir de los 16 años, cuando le salvó la vida al tío del Zar Nicolás II y, como recompensa, fue conducido a San Petersburgo para convertirse en uno de los guardaespaldas del zarévich Alexis.

La historia avanza desde ese punto, pero también retrocede desde la actualidad, hasta encontrarse ambos hilos en 1918, con la ejecución del zar y toda su familia. Salvo Anastasia.

Pero además hay otro hilo temporal, desde el momento del diagnóstico de la enfermedad de la esposa hacia adelante, lo que en mi opinión hace la estructura del relato demasiado enrevesada.

La historia de cómo el joven Georgi, un campesino ignorante y tosco se enamora –y es correspondido– de la Gran Duquesa Anastasia, es como poco fantasiosa. Para empezar me parece muy dudoso que a la hora de buscarle al joven zarévich un guardaespaldas de una edad próxima a la suya que le sirva de amigo y confidente elijan a un muchacho de la clase más baja. Anda que no habría chicos en las familias de la nobleza rusa más que dispuestos a ocupar el puesto, sobre todo con lo clasistas que debían ser los Romanov. Al menos en la novela los describen así, y es una de las pocas cosas creíbles que contiene.

Y que una de las hijas de Zar, que estaban destinadas a casarse dentro de las familias reales europeas, se vaya a fijar en el único paleto de pueblo con el que entra en contacto en su vida, ya es casualidad.

Por otra parte, la descripción del lujo y el boato del que viven rodeados los Romanov está muy bien, así como su total desconexión de los sufrimientos del resto de la población. Pero Georgi también describe al Zar como un gran hombre, un padre para su pueblo que lleva sobre sus hombros el peso de la responsabilidad de su cargo. Un hombre valiente y noble. Que vale que no era Iván el Terrible, pero seguía siendo un autócrata. Supongo que si nos hubieran descrito a la familia real como un montón de tiranos estirados habría sido difícil aceptar a Anastasia como un heroína trágica.

En cuanto a la vida de la pareja tras su huida de Rusia, resulta de lo más anodina. La mayoría de sus problemas se derivan del sentimiento de culpa de Anastasia, que está convencida de que trae mala suerte a todos cuantos la rodean. No hay ni persecución, ni peligro de ser reconocida, ni nada de nada. Un rollo de lo más cotidiano, ni siquiera hay algún momento divertido de los que podría proporcionar una actitud tipo pero-como-osáis de la nobleza ante la chusma, es un tostón.

En la novela no se dice que la esposa de Georgi sea Anastasia hasta el final, aunque es evidente como desde el capítulo tres. La verdad es que es una pena, porque podría haber habido un momento emocionante revelándolo al principio, mientras que ya al final es del todo innecesario. Es otro de los problemas de esa estructura tan enrevesada.

La anterior novela de John Boyne, El niño con el pijama de rayas, me gustó bastante más. Es también una fantasía, pero como tiene cierto aire de fábula se lleva bastante mejor; mientras que en este caso, o al menos en mi caso, la suspensión de la incredulidad se hace imposible.

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