“Los cuclillos de Midwich”, de John Wyndham


Éste es uno de esos libros a los que, a raíz del éxito de la adaptación al cine, se le cambia el título para subir las ventas; por eso hay otras ediciones en las que lleva por título El pueblo de los malditos.

La trama de la película es una fiel adaptación al libro: en un tranquilo pueblecito de Inglaterra ocurre un extraño incidente que hace que todos sus habitantes, tanto humanos como animales, pierdan el conocimiento durante un día entero. Las autoridades se ven incapaces de actuar, ya que cualquiera que pusiera un pie dentro de un perímetro determinado caía redondo. Y en el centro de ese perímetro detectan un extraño artefacto, que parece haber aterrizado allí.

Al día siguiente todo el mundo se despierta, y salvo unas pocas víctimas debidas a accidentes por lo repentino de su desvanecimiento o por haber pasado la noche a la intemperie, nadie parece sufrir secuelas. Esto es, hasta que pocas semanas más tarde se descubre que todas las mujeres en edad de concebir están embarazadas.

Los 31 niños y 30 niñas resultantes parecen humanos, aunque tienen algunas peculiaridades físicas. Para empezar tienen los ojos dorados, la piel con un ligero tinte plateado, y son todos idénticos. Además, el grupo de niños por un lado y el de niñas por otro comparten una especie de conciencia colectiva, lo que un miembro del grupo sabe, lo saben todos los demás. Son extremadamente inteligentes y son capaces de ejercer algún tipo de coerción mental sobre los humanos, empezando por sus madres-incubadoras.

Pero la novela no se limita a una historia de niños siniestros que dan miedo, sino a la decisión a la que se enfrentan los adultos del pueblo. ¿Qué hacer ante un enemigo infiltrado en nuestra sociedad, y más aún, cómo reaccionar cuando ha tomado la forma de niños? La ética, las costumbres de la civilización, hacen casi imposible defenderse de ese enemigo, ni aun cuando da muestras de agresividad. Los niños sienten una total desafección hasta por las que son al menos sus madres de gestación, ya que no biológicas, y en cuanto a éstas, aunque muchas los quieren como propios, incluso a las que se sienten humilladas por haber sido usadas como incubadoras les resulta difícil ir en contra de las convenciones sociales y alejarse de los niños.

La civilización se ha desarrollado para proteger a las minorías que son diferentes, pero ¿qué hacer cuando dicha minoría no siente ninguna empatía y nos considera sus enemigos? La respuesta que da la novela es de sobra conocida para cualquiera que haya visto alguna de las versiones llevadas al cine. Aunque por qué razón querría nadie ver la tontería de remake que hizo  Christopher Reeve, pudiendo ver la primera versión en blanco y negro con George Sanders y Barbara Shelley, es algo que se me escapa.

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