“El hobbit”, de J.R.R. Tolkien


Cuando tenía 8 años le pedí a mi padre que me diera algo para leer, pero que fuera un libro, no un cuento. Me trajo El hobbit, y me dijo que estaba seguro de que me iba a gustar.

Nada más abrir el libro, me encontré con un mapa. ¡Nunca había visto un libro con un mapa! Esto no era en plan, “iba Caperucita por el bosque…” Era un bosque concreto, con un nombre, y hasta una situación en el mapa, algo para mí totalmente novedoso. Las siguientes semanas las pasé completamente absorta en el libro, sorda cuando me llamaban a comer, y leyendo a escondidas hasta altas horas de la noche con una linterna. ¡No sabía que un libro podía ser así! No sabía que un mundo podía ser así. Me parecía que Bilbo y los enanos pasaban de una aventura a otra sin ninguna pausa, de un peligro a otro peor, librándose siempre por los pelos.

Decir que el libro me gustó es poco. Me encantó, me enganchó totalmente, y me convirtió de una aficionada a la lectura en una lectora voraz. Cuando lo acabé, volví a hablar con mi padre, con un disgusto gordísimo porque el libro se había terminado y ¡qué iba a hacer yo ahora! Mi padre me dijo que no me preocupara, que había una continuación, y me dio El Señor de los Anillos. ¡Tres tomos! Eso sí que me iba a durar (de hecho, me duró los tres meses siguientes, todo el verano), y fue el principio de mi afición por los libros largos, de más de 500 páginas (o más de medio kilo), a ser posible, y mi total impaciencia con los relatos cortos.

Mi padre me dijo otra cosa, al ver la pena que me dio acabar el libro: me dijo que siempre podía volver a leerlo. Durante mucho tiempo releí El Hobbit y El Señor de los Anillos una vez al año, e incluso ahora los vuelvo a retomar de vez en cuando. Sigo sin encontrar nada que los iguale, y cuando alguien me dice que no le gusta Tolkien me parece increíble, como esa gente a la que no le gusta el chocolate, y que parece que la única explicación es que tengan algún gen mutante que no es que los haga no humanos, pero sí incapaces de apreciar las cosas realmente buenas de la vida.

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4 pensamientos en ““El hobbit”, de J.R.R. Tolkien

  1. ‘El hobbit’ es también uno de mis libros favoritos aunque no he llegado a leerlo tantas veces como tú 🙂

    El que sí he estado leyendo al menos una vez por año hasta que me lo robaron junto con mi equipaje era una edición antigua my bien traducida de ‘Alicia en el País de la Maravillas y A través del espejo’ que siempre llevaba conmigo como si fuese un amuleto 😦

    Lo he reemplazado por todas las ediciones que me ido encontrando pero ya no es lo mismo.

  2. Me encanta Alicia!!! Siempre ha sido uno de mis libros favoritos, tengo una edición en tapas duras que me compraron cuando era pequeña, de una colección que se llamaba Clásicos Juveniles. Ahí están también mis ejemplares de Capitanes intrépidos y Oliver Twist.
    Lo de comprar distintas ediciones, a mí me pasa con El Señor de los Anillos, es como un trastorno obsesivo-compulsivo.

  3. A mi me paso algo parecido, pero yo empecé al revés. Después de mucho tiempo viendo los tres tomos de “El señor de los anillos” (edición Minotauro en Negro los tres) en las estanterías de mis padres, me decidí a empezarlo un verano con 15 o 16 años. Y claro, dos meses enganchado.

    A partir de ahí, “El Hobbit”, “EL Silmarillion”, “Los Cuentos Inconclusos” y todo lo que oliera a Tolkien.

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