El mercado de Kimirongo

Un volcán de harina

Un volcán de harina

Después del tormentón del fin de semana pasado hemos tenido unos días muy buenos, sin lluvia y con mucho calor. La clase de clima que a mí me gusta, vamos. La cosa duró justo hasta el sábado por la tarde, que ya empezó a llover otra vez, pero por la mañana hizo un día estupendo y pudimos ir a dar un paseo al mercado de Kimirongo.

Me encantan los mercados de sitios exóticos, siempre hay un montón de frutas extrañas, e incluso los productos que conocemos se venden de otra manera. Por ejemplo, aquí la harina la tienen en grandes montañas perfectamente cónicas, y en un momentito hacen un paquetito con la cantidad que uno quiera.

El de Kimirongo es un mercado muy grande en el que hay absolutamente de todo. Nada más entrar hay unos puestos de carnicería, con baldosas blancas y todo, aunque me temo que la refrigeración brilla por su ausencia. Luego están los puestos de telas y a continuación un montón de mujeres con sus máquinas de coser, la mayoría Singer de pedales que deben de tener más años que la tos. Si no pesaran tanto me llevaría una.

Costureras en Kimirongo

Costureras en Kimirongo

Todos los puestos están apiñados unos contra otros, con pasillos estrechos por los que pasar, y agrupados más o menos por el tipo de mercancías, aunque se pasa casi sin transición del textil a la ferretería y de ahí a la fruta.

Siendo sábado por la mañana, estaba abarrotado de señoras haciendo sus compras con sus bebés atados a la espalda y de vendedoras con sus productos en equilibrio sobre la cabeza, y el olor era tan espeso que casi era tangible.

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Y al final del mercado están los puestos de pescado seco, y allí sí que el olor ya se hace visible. Menos mal que no tenían pescado fresco. Justo en esa zona vimos a una madre con un bebé de lo más extrovertido, se iba con el primero que se le acercase. Incluidos nosotros, claro.

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Por la tarde ya se puso a llover y se acabaron los paseos, pero fue una mañana muy agradable e hicimos un millón de fotos. Subiré unas cuantas más a mi cuenta en flickr.

Umuganda

Y otra vez en Kigali, aunque parece que será la última. Llevamos aquí desde el martes y nos quedaremos tres semanas. Eso si no tenemos problemas con la vuelta, porque los billetes se compraron a través de Viajes Iberia justo antes de que quebrara, así que aún estamos intentando averiguar si está todo en orden.

Hoy es el último sábado del mes, es decir, Umuganda, el día del trabajo comunitario en Ruanda. Todos los ruandeses tienen la obligación de dedicar la mañana a hacer pequeños trabajos de mantenimiento en sus barrios, así que todas las tiendas están cerradas y no hay ni taxis. Como no se puede hacer gran cosa en un día así, decidimos salir a dar un paseo por los alrededores del hotel y hacer algunas fotos.

Hoy ha hecho mucho calor, así que no fuimos muy lejos, pero encontramos varios grupos de niños jugando a la pelota o a las cartas. Son muy graciosos, porque o bien posan encantados de la vida o se esconden corriendo e incluso se echan a llorar, sobre todo los más pequeños, así que pudimos sacar alguna foto interesante.

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He subido algunas fotos más a mi cuenta de flickr.

Y después de un día tan caluroso, un poco antes de las 6 de la tarde, cuando ya se iba a poner el sol, cayó este tormentón.

Acto seguido ha empezado a caer granizo del tamaño de garbanzos, mientras seguía el ventarrón. ¡Se me ha quedado la mano congelada por hacer la foto!

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Ahora ya es noche cerrada y han parado el viento y la lluvia. Desde luego aquí hay una cosa que cambia, el clima sigue tan loco como siempre.

¡Terremoto!

Vale, fue un temblorcito y mucha gente ni se enteró. Pero ayer por la tarde, a eso de las 18:25, se sintió un temblor de tierra en Kigali, que hizo temblar la cama y la mesa de la habitación del hotel.

Esta mañana he visto que fue un terremoto de 4.9 grados con epicentro en el sur de Uganda, donde está la estrellita en el mapa, pero es el más fuerte que he sentido en mi vida. Si es que en este país no hay ni un segundo de aburrimiento…

Esta semana me ha tocado trabajo de campo con algunos de mis compañeros, en vez de quedarme en el aeropuerto. Es curioso, con alejarse del centro de Kigali unos 15 minutos, como cambia el paisaje y la gente. Las casitas son de adobe, de una sola habitación, y suelen cocinar fuera en una hoguera. Normalmente tienen un poquito de terreno en el que plantan algunas verduras o un par de plataneros. Los niños van mal vestidos y a veces descalzos, aunque no parecen hambrientos.

En la ciudad los blancos somos una curiosidad para los niños, que nos señalan y nos llaman “mzungu!”, o caminan a nuestro lado para echarnos un buen vistazo. Pero al salir al campo sembramos el terror entre los más pequeños. Muchas veces nos paramos cuando vemos un grupo de niños para darles caramelos y hacer un par de fotos, y en general vienen todos a ver qué tenemos para ellos. Pero a los más pequeñitos les damos pavor, se echan a llorar y se escapan corriendo como si los estuviera persiguiendo un diablo blanco. La verdad es que nos partimos de risa con su reacción, pobres.

Restaurantes en Kigali

Pollo enrollado servido en Taka Tak del Saafran

Cuando empezamos a venir a Ruanda hace tres años no conocíamos nada de esto, así que solíamos quedarnos a cenar en el hotel. La cosa no carecía de interés, puesto que podías pedir un mismo plato tres veces y a la cuarta te traían algo totalmente distinto. También podía resultar divertido intentar variar un plato. Algo como “pero lo quiero sin la guarnición” inevitablemente acababa en doble ración de guarnición para el osado que había querido desconcertar al cocinero. Pero aparte de un uso sorprendente de la zanahoria rallada (¡en los perritos calientes!) al cabo de unos días la carta se hacía escasa.

Con el tiempo hemos ido explorando y descubriendo restaurantes en Kigali que nos han ayudado a salir de la rutina. El primero fue el Flamingo, un restaurante chino estupendo que encontramos cerca del trabajo y que nos salvó las comidas a diario, con la única pega de que cierra los lunes. Después fue el New Cactus, con sus deliciosas empanadillas de queso de cabra y bacon bañadas en miel, y el Shokola, un restaurante árabe con unos batidos de frutas geniales, aunque por desgracia ahora ha cerrado en su antigua localización y solo queda una versión más reducida cerca del hotel Umubano. Algunos de mis compañeros se pirran por las quesadillas del Heaven, aunque siempre que he ido allí han tardado tanto en servir la comida (aún más de lo habitual por estos lares) que hasta se me había pasado el hambre. También está el Green Corner, en el sector musulmán, cuya especialidad es la tilapia a la brasa que hay que comer con las manos, acompañada de unas patatas asadas picantes muy ricas. Otro chino muy bueno es el Zen, y el indio al que van los indios es el Saffran, también estupendo, aunque algunos platos son tan picantes que parece tus terminaciones nerviosas están pidiendo clemencia. Hay un par de italianos en los que hacen buenas pizzas, sobre todo el Sol e Luna, cerca del aeropuerto. El otro día comí allí una pizza con patata y salchichón picante que estaba estupenda.

Uno de los deliciosos platos del Sakae

Pero el mejor restaurante de Kigali, sin duda, es el Sakae, en la zona de Nyarutarama. Se trata de un restaurante japonés, muy grande y bonito pero escondido en una calle secundaria, en el que incluso se puede comer sushi. De dónde sacan un pescado tan fresco es para mí un misterio, que yo he visitado los mercados locales y sé lo que hay allí. También tienen de esas planchas en las que se sientan los comensales alrededor y el cocinero te va preparando los platos, una delicia. El solomillo es de verdad, una pieza de carne hecha vuelta y vuelta, y bien cortada, no como si lo hubieran arrancado a machetazos de una vaca que es lo normal en este país. Mi plato favorito es el pollo teriyaki, que sirven en una plancha metálica muy caliente todavía chisporroteando y acompañado de un bol de arroz, pero hay otros muchos para elegir, no es de esos restaurantes en los que solo hay un par de platos que merezcan la pena de toda la carta. También es uno de los pocos restaurantes en los que sirven rápido, ideal para ir a comer sin perder media tarde de trabajo. Supongo que es porque nunca hay demasiada gente. Así que, que no se corra demasiado la voz, no vaya a ser que se estropee, pero está claro que el Sakae de Kigali es para chuparse los dedos.

“Baking Cakes in Kigali”, de Gaile Parkin

Hace ya tiempo que una amiga me regaló este libro, cuando empecé a viajar a Ruanda, y lo he ido dejando para un momento en que estuviera menos saturada del tema. El año pasado fui cinco veces a Kigali, y en total pasé allí casi 6 meses, pero no he vuelto desde diciembre, y parece que no me tocará ir hasta dentro de por lo menos dos meses más, así que me he animado por fin a leer esta novela, ya con un poco de distancia.

La protagonista de la historia, Angel Tungaraza, es una mujer de Tanzania que vive en Kigali por el trabajo de su marido, junto con sus cinco nietos, ya que sus dos hijos han muerto. Angel tiene un negocio de pasteles para ocasiones especiales, y a través de sus clientes y sus encargos va contando anécdotas de la vida cotidiana de los ruandeses. La historia transcurre aproximadamente en el año 2000, sólo seis años después del genocidio, por lo que muchas de las historias están relacionadas con aquello. Otras con el problema del SIDA, al que llaman simplemente “el virus”, o con las diferencias culturales con los blancos o entre los africanos de los países vecinos.

Bodas, bautizos o simples reuniones de amigos pueden ser motivo para encargarle una de sus coloridas tartas a Angel, y de paso contarle algún problema y escuchar su consejo. Un soldado que busca novia, una estadounidense que se aburre con las limitaciones que le impone su marido, una enfermera que atiende a enfermos de SIDA… Todos le confiesan sus secretos a Angel, de forma parecida a lo que le ocurre a Mma Ramotswe en The Nº1 Ladies’ Detective Agency, aunque en ese caso tenía sentido que le contasen cosas puesto que se trataba de una detective privado y no de una pastelera. Angel siempre da la respuesta correcta, siempre compasiva y sabia, pero no se nos da ninguna explicación de cómo esta mujer ha llegado a convertirse en ese pozo de ecuanimidad.

En general casi todos los personajes son positivos, incluso los blancos, aunque sí que se dice que todos los mzungus tienen demasiado dinero, y por lo tanto es justo cobrarles mucho más por cualquier producto o servicio, cosa que me saca de quicio porque yo he tenido que sufrir en persona el mzungu price. Pero aparte de eso todo es excesivamente alegre y apacible, y aunque se tratan temas muy serio, se hace por encima, sin entrar en el meollo ni dar realmente una opinión. El genocidio fue una cosa terrible, pero qué bien nos llevamos todos ahora; el SIDA está diezmando África pero estas enfermeras tan majas explican a las niñas cómo protegerse (pero no cómo protegerse del contagio por sus maridos); las hijas no son más que un gasto que hay que recuperar con una buena dote, pero qué modernos somos que aún así las mandamos al colegio. Todo es superficial y demasiado buenrollista, y la estructura es muy repetitiva: llega un cliente a encargar una tarta y de paso le cuenta su historia a la pastelera, que escucha y aconseja.

Otra cosa que noto es que la autora no es ruandesa, ni habla kinyarwanda, por lo que se echan en falta las expresiones en esa lengua. La protagonista habla swahili e inglés, y eso es lo único que sale en la novela. Parece mentira que en una historia que transcurre en Kigali no haya ni un Amacuru! Sí que usan, todos los personajes, la expresión “eh”, que mis compañeros y yo siempre discutimos si quiere indicar conformidad, profundo desacuerdo o total indiferencia por lo que se les está diciendo.

Y he reconocido muchos de los lugares mencionados, como el distrito de Nyamirambo, o las casas de cambio del centro, que tienen gente en la calle que te rodean en cuanto bajas del coche para convencerte de que tienen el mejor cambio. Me ha hecho mucha gracia que hablen del Flamingo, uno de los restaurantes chicos que solemos frecuentar, y mi favorito. Pero en general me ha parecido una visión muy simplista y positivista del lugar.

Bichos

En Ruanda, cada cierto tiempo y siempre en época de lluvias, es decir, en cualquier mes del año menos en julio, se produce un aluvión de algún tipo de bicho. Unas veces son una especie de termitas voladoras que van por ahí dando tumbos y perdiendo alas con total despreocupación, para luego aletear por el suelo medio escoradas. Y ahora han tocado saltamontes, grandes, voladores, de unos 5 cm de largo, verdes o de color tostado, que se encuentran medio atontados por cualquier esquina. Es muy fácil cogerlos, aunque hay que tener cuidado porque tienen unas mandíbulas bastante potentes y si se les deja te pegan un bocado.
Los principales beneficiarios de estas pequeñas plagas son los pájaros, que se ponen las botas. Los cuervos se mueven en bandadas cazando como locos, y hasta los pequeños halcones que hay por aquí se dan un festín. Pero en el caso de los saltamontes tienen otros depredadores: aquí se fríen y se comen. Estos días vemos a todos los niños llevando bolsitas en las que van metiendo todos los que cazan para llevárselos a casa, supongo.
Pero hace un par de días, cenando en el hotel Mille Collines, el de la famosa película, vimos a otro depredador.
El saltamontes estaba en la pared, a media altura, cuando una salamanquesa pasó a su lado de camino hacia el techo. Al principio dio la impresión de que lo iba a ignorar, después de todo, sin tener en cuenta la cola de la salamanquesa, eran prácticamente del mismo tamaño. Pero la salamanquesa cambió de opinión, dio media vuelta y empezó a avanzar hacia el saltamontes. Paso a paso, fue acercándose con cuidado, al acecho, hasta quedar a unos cinco centímetros del saltamontes. Entonces abrió la boca con gesto fiero y se quedó mirándolo durante varios minutos.
Mi compañero y yo los estábamos observando casi sin respirar, esperando una pelea digna de los documentales de National Geographic, pero no sé con que cara respondería el saltamontes al desafío de la salamanquesa, porque al cabo de un rato se dio la vuelta y se fue por donde había venido. El saltamontes quedó como dueño y señor de aquella pared durante el resto de la cena.
Toda la secuencia me hizo recordar las peleas épicas que narraba Gerald Durrel en Mi familia y otros animales, cuando una salamanquesa atacaba a una mantis religiosa y la pelea acababa en una confusión de sangre y élitros arrancados.

Todo listo

Ya tengo la maleta preparada,  he avisado al taxi y hasta me va a dar tiempo a dormir un ratito.  Solo me falta copiar algunas series en mi disco duro externo y asegurarme de que me llevo mi ebook.

A las 6 de la mañana sale mi avión, otra vez rumbo a Kigali, por unas tres semanas. La verdad es que ya me apetecería cambiar de destino, pero por ahora no tiene pinta.

Por favor, embarque por la puerta… esto…

El Aeropuerto Internacional de Kigali no es muy grande. Fue desde ese aeropuerto del que despegó su presidente para inmediatamente ser derribado, en 1994, provocando el genocidio. De aquellos días todavía quedan algunas señales de explosiones de granadas en el asfalto del aparcamiento.

Solo tiene una pista, suficiente para la cantidad de tráfico que soporta, aunque hay planes de construir uno nuevo y mayor. En la terminal hay tres puertas de embarque, a las que se accede desde una única sala grande con un montón de asientos para los pasajeros. Hay dos pantallas, con la siguiente información:

KIGALI INTERNATIONAL AIRPORT

GATE 1

En la otra pone GATE 3, pero eso es todo, ni rastro de la puerta 2, ni falta que hace porque tampoco hay información sobre qué puerta le corresponde a cada vuelo. Lo normal hasta hace poco es que hubiera solo un vuelo a la vez, así que la cosa no era tan complicada. Pero ahora, además de los vuelos cortos, de los que hay varios a lo largo del día, y del vuelo de Brussels Airlines a Bruselas, han abierto una ruta nueva para ir a Europa, vía Amsterdam, con KLM. Y el vuelo de Brussels y el de KLM aterrizan y despegan con 15 minutos de diferencia.

Anoche la cosa se complicó aún más con un vuelo a Kenia que llevaba retraso, así que allí estábamos todos mezclados, los pasajeros de tres vuelos distintos sin saber a quién le tocaba embarcar. A las 20.10, mi hora de embarque según mi tarjeta, me acerqué a la puerta para preguntarle a una de las azafatas cuál iría primero, si el de Brussels o el de KLM, y me respondió que no tenía ni idea.

Al poco rato dijeron por megafonía que no se sabía cuando despegaría el vuelo a Kenia, para 10 minutos más tarde llamar a los pasajeros para embarcar por la puerta uno. En cuanto todos se pusieron en marcha hacia esa puerta, anunciaron que el de KLM embarcaría por la puerta 2, así que ya teníamos otro enorme grupo de pasajeros intentando avanzar en dirección contraria. Por suerte yo estaba cerca de esa puerta, así que fui de las primeras en llegar.

En Kigali no hay fingers, uno sale por la puerta directamente a la zona de parking de los aviones, cada uno hacia el avión que le toca. Se limitan a poner un par de conos de los de tráfico, para indicar la zona demasiado próxima a los motores. Siempre pienso que tendría su gracia pasarse de una fila a la de otro avión, desde luego no habría nadie que lo impidiera.

Pero ayer la cosa se puso aún más interesante. Cuando ya estábamos en la pista, andando hacia el avión, vino corriendo uno de los controladores de pista, con gesto severo, a mandarnos de vuelta hacia atrás, porque acababa de aterrizar otro avión y se dirigía a la zona de parking. A mí me dieron ganas de decirle que no nos regañara a los pasajeros, sino el incompetente que nos había mandado salir, pero para qué discutir, cuando es sabido que la respuesta será un “Eeehh” y una risita.

El nuevo avión se paró al lado del nuestro, y ya nos dejaron pasar, dejando la separación con los motores que nos marcaba el cono. Pero nadie había puesto un cono para el otro avión, así que de ese pasamos a la distancia que nos dio la gana.

¡Y pretenden aumentar el tráfico! Pues sí que nos vamos a reír…

 

Corrección: el avión del presidente fue derribado cuando iba a aterrizar, no cuando acababa de despegar.

Kivuye

Lago Kivu

Ayer deberían haber empezado mis vacaciones. En lugar de eso estoy otra vez en Ruanda, para dos semanas de trabajo a destajo, de 8 a 7 de la tarde como mínimo, de las que ya he sufrido una y estoy deseando terminar la otra, y por fin empezar de verdad las vacaciones.

Hemos cambiado del hotel Stipp a uno muchísimo mejor, el Lemigo, cerca del aeropuerto (no sin esfuerzo, es mejor y por lo tanto más caro). Sin humedades ni bichos en las habitaciones y con una comida aceptablemente buena, así que en ese sentido estamos muchísimo más contentos. Menos mal, porque saliendo de trabajar a las 7 de la tarde ya ni tenemos ganas de salir a cenar a ninguna parte.

A pesar del cansancio, ayer nos levantamos pronto y nos fuimos de excursión a Kivuye, una ciudad a orillas del lago Kivu, más o menos hacia la mitad. Está a unos 120 Km de Kigali, es decir, unas dos horas y media por una carretera llena de curvas. Pero llena, llena, llena, que por el camino vimos tres camiones estrellados en la cuneta, uno de ellos acababa de irse ladera abajo un ratito antes. Por suerte no había casi tráfico, porque ir por esas carreteras detrás de un autobús es para que te de un soponcio.

De excursión por el lago

El paisaje por el camino es muy bonito, y pasamos por muchos pueblecitos, con sus mercados y sus casitas de adobe, y todos los niños nos decían adios. Les hace mucha gracia ver blancos y les encanta que los saludemos, aunque sea desde el coche.

Una vez en Kivuye comimos unos sandwiches allí, en un pequeño hotelito a orillas del lago, y después alquilamos una lancha y nos dimos una vuelta por el lago, hasta una isla a más o menos una hora de camino, que llaman “Napoleon’s Head” porque según dicen se parece a la cabeza de Napoleón. Tal vez sea desde el otro lado… Ahora podemos decir que hemos navegado por uno de los Grandes Lagos Africanos. Es verdaderamente impresionante, no se ve la otra orilla, y eso que es alargado y estrecho. Parece un mar, con olas y todo. Lástima que no fuera el Victoria, pero con suerte todo llegará.

En la isla hay un montón de murciélagos y, según nos dijeron, también monos, aunque de estos últimos no vimos ninguno. Pero sabemos que es cierto, porque otro compañero (mejor no decir nombres) tuvo que ponerse la antirrábica el año pasado por tocarle las narices a un mono en ese mismo sitio.

Chema y David en la Isla de los Murciélagos

Apenas estuvimos media hora allí, dando una vuelta pequeñita y viendo los miles de murciélagos volando de un árbol a otro. Luego tuvimos que volvernos para no tener que conducir de noche. Aunque yo no iba calzada para la ocasión y no me faltaron ocasiones para caerme de narices con mis bailarinas (lo de la isla fue una idea del momento), fue un paseo muy agradable, pero me temo que ya casi no nos quedan cosas por ver en este país, nos lo hemos recorrido prácticamente entero. Es posible que volvamos a esta isla, pero con tiempo para recorrerla y explorarla a fondo, sin las prisas de ayer.

Hoy hace un día estupendo, se nota que estamos en la estación seca porque lleva un montón de días sin llover y hace bastante más calor que normalmente, así que hemos decidido quedarnos en la piscina y hacer el vago a pleno rendimiento, que se avecina otra semana de jornadas de 12 horas. ¡Qué ganas tengo de irme de vacaciones!

Museo presidencial

En las afueras de Kigali, un poco más allá del aeropuerto, está el Museo Presidencia. Se trata de la casa en la que vivió el Presidente que fue asesinado en 1994, cuando el genocidio, y después el que lo sucedió hasta 2000.

La guía del museo y yo, frente al árbol-bandera

Es una casa bastante grande, con su jardín y su piscina, en la que ahora, aparte del museo, celebran bodas y cosas por el estilo. De hecho, estaban preparando una cuando lo visitamos nosotros. La casa no es demasiado grande y conservan algunas piezas de mobiliario de ambos presidentes —a Juvénal Habyarimana, el asesinado, parece que le gustaban blancos—, entre ellas la más curiosa una mesa de café apoyada sobre dos patas de elefante, toda una declaración de principios en cuanto a la conservación de la naturaleza.

La planta baja, con su salón, su cocina, su salita para recibir a dignatarios extranjeros, no tiene mucho de particular, pero las cosas se ponen interesantes al subir al piso de arriba. Aparte del dormitorio principal, está el de las hijas (tres), comunicado directamente con el de los hijos (cinco, nada menos, no sé cómo cabían), y éste a su vez comunica con una especie de salita para ver la tele y cosas así. Y ahí está la gracia. El mueble para la televisión ocupa toda una pared, y tiene dos compartimentos secretos. En uno estaba el armero, que nada mejor que ponerlo al alcance de los niños, y el otro es una puerta que conduce a un PASADIZO SECRETO!!! ¡Lo más de lo más!

El pasadizo lleva a un piso más arriba, que no se ve desde el exterior de la casa. Este piso tiene un diseño muy peculiar, que recuerda a las chozas tradicionales, lleno de recovecos y con el techo con las vigas de madera al aire, bastante alto. Ahí estaba el cuarto de estudios de los niños, el gimnasio del Presidente y hasta un salón de peluquería para la Primera Dama. Da la impresión de que era ahí donde la familia hacía su vida de verdad, mientras que las plantas inferiores parecen una fachada de cara al exterior.

En el jardín, además de un enorme árbol que es el que tradicionalmente planta el jefe ante su casa, como una especie de bandera, están la piscina para la familia y otra, más pequeña, para la enorme serpiente que tenía el presidente y que, según dicen, estaba mágicamente conectada con su médico-brujo particular. En ese jardín fue donde se estrelló su avión cuando lo derribaron, que ya es casualidad, pero los restos los han movido al otro lado del muro.

Lamentablemente, sólo nos permitieron hacer fotos en el jardín, ninguna de la casa ni del avión estrellado.

Creo que ya no me quedan muchas cosas por ver en Kigali, salvo el Museo del Genocidio, que me niego en redondo a visitar. Mi idea de la diversión no tienen nada que ver con pasar la tarde viendo fotos de mutilaciones y fosas comunes.