“Los girasoles ciegos”, de Alberto Méndez

girasolesOtro de los libros que tengo que leer para el curso de Cálamo & Cran, que si no llega a ser por eso lo dejo. No porque esté mal, ni mucho menos, sino porque es un libro de relatos y ese es un género que no me gusta. A mí me gustan los libros al peso, de 300 páginas para arriba y a ser posible en varios volúmenes. La brevedad del relato me desconcierta, ese saltar de una historia a otra tan de improviso me cansa hasta hacerme dejar la lectura.

En este caso son cuatro relatos ambientados en la época del final de la Guerra Civil y la post-guerra, ligéramente relacionados entre sí por sus protagonistas.

Un soldado nacional que se rinde al enemigo el día antes de que el enemigo se rinda a los nacionales, un joven poeta que se oculta aterrado en las montañas, un preso político que espera su sentencia de muerte y un niño que es testigo del acoso de un cura asqueroso a su madre, mientras su padre se oculta en un armario.

Todas son historias sobre el miedo. El miedo a la muerte, a ser descubierto y asesinado, a ser la causa de que un ser querido sea descubierto y asesinado, o a convertirse en un accesorio de los asesinos.

Todos los relatos me han gustado y me han parecido muy bien escritos, con una ambientación claustrofóbica y angustiosa que transmite lo que debían ser las sensaciones de tanta gente en aquellas situaciones; así que se lo recomiendo a cualquiera que no sienta mi aversión por el género.

Supongo que habrá un sector de posibles lectores a los que estas historias los molestarán. Los que se sentían cómodos aunque otros estuvieran incómodos. Los que no sufrieron ningún abuso porque tenían los amigos adecuados, los que no se sentían ofendidos cuando se abusaba de otros, los que no han tenido ningún familiar que muriera, o estuviera preso o tuviera que huir con lo puesto.

No sé por qué se creen con derecho a protestar con lo de que “se reabren las heridas”, cuando ellos no tienen ninguna.

“Tres manos en la fuente”, de Lindsey Davis

En el noveno libro de la serie Marco Didio Falco se estrena como padre. Su hija Julia Justina, nacida justo al final del libro anterior durante su visita a Hispania tiene apenas unos pocos meses. La niña es de Barcelona, nada menos, por lo que le ponen el sobrenombre de Layetana. Muy propio de Falco ponerle a su hija el nombre de un vino.

Ya de vuelta en Roma, celebrando su paternidad con su amigo Petronio y poniéndose al día de los acontecimientos —entre otras cosas, que la esposa de Petro lo ha echado de casa y su jefe de los vigiles por tener un lío con la hija de un mafioso— cuando de la fuente en la que se apoyan sale una mano de mujer.

Ese es el inicio de la investigación que llevará a Falco y a su nuevo socio Petro a investigar toda la red de acueductos de Roma en busca del asesino en serie que secuestra a mujeres cuando salen del Circo, las tortura y descuartiza, y después arroja sus restos a los canales.

Los ciudadanos de Roma parecen más preocupados por que haya porquerías en el suministro de agua que por que un chiflado se dedique a asesinar a mujeres (seguro que son esclavas, es el comentario general). Pero cuando aparece la tercera mano se inicia una investigación oficial, dirigida por un senador que por una vez no es un incompetente ni un trepa, y con el que Falco se entiende estupendamente.

Es una novela entretenida, aunque el lenguaje me resulta un poco chocante para la época en la que se desarrolla. Dudo mucho que existiera siquiera el concepto de psicópata, ni tampoco el de asesino en serie. Pero la investigación es interesante, y me en enterado de un montón de cosas sobre el saneamiento de Roma. Parece increíble que hace dos mil años ya tuvieran alcantarillado y agua corriente en casi todas las casas, cuando aún hoy en día hay muchos países en los que no disponen de nada de eso, como por ejemplo este mismo en el que me encuentro. Ruanda lleva dos mil años de retraso.

“Number the Stars”, de Lois Lowry

En el Año Nuevo hebreo de 1943, los judíos de Dinamarca fueron advertidos en sus sinagogas de que los alemanes que ocubapan el país los iban a detener y deportar probablemente esa misma noche. Familias enteras huyeron ese mismo día, ayudados y escondidos por sus amigos y vecinos, y a lo largo de las siguientes semanas la resistencia danesa los fue cruzando hasta Suecia para ponerlos a salvo. Más de 7.000 judíos consiguieron escapar así de los campos de concentración nazis.

La historia está contada desde el punto de vista de Annemarie, una niña danesa de 10 años. Tras tres años de ocupación, ella y su amiga y vecina Ellen ya están acostumbradas a ver a los soldados nazis, aunque procuran evitarlos y los tratan con mucha cautela. Sobre todo Ellen, que es judía.

Cuando llega la noticia de la inminente “reubicación” de los judíos, los padres de Annemarie no dudan en acoger a Ellen en su casa y hacerla pasar por su propia hija, y continúan ayudando a ésta y otras familias judías, aun poniendo sus vidas en peligro.

La novela es positiva y tiene un final feliz, a pesar de lo lúgubre del tema. Annemarie aprende que en la vida se puede obrar bien u obrar mal, y que muchas veces hace falta valor para obrar bien. Pero la alternativa es algo demasiado horrible para considerarla siquiera.

No sé mucho sobre Dinamarca, a pesar de que una vez estuve de vacaciones, visitando a una amiga que estaba en Aalborg con una beca Erasmus. Pasamos mucho frío, visitamos un poco el país, algún museo que otro y poco más. Los daneses en general eran amables, civilizados hasta el aburrimiento, pero no tuve mucho contacto con ellos. Para mí los nórdicos eran un grupo homogéneo, no sabía ver diferencias entre un danés y un sueco, hasta hace poco no tenía ni idea de que ellos consideran que los fineses no son escandinavos.

Pero a veces un libro puede cambiar tu percepción de las cosas. Me pasó con Los hombres que no amaban a las mujeres y los suecos, que yo pensaba que eran el paradigma del estado del bienestar y el respeto a las minorías y me encontré con que están plagaditos de neonazis. Con este libro ha sido todo lo contrario: no tenía una opinión formada del pueblo danés, pero ahora me caen fenomenal. Durante dos años los daneses limpiaron las casas y regaron las plantas de sus vecinos judíos exiliados, hasta que pudieron volver a casa.

“Tiempo para escapar”, de Linsey Davis

No hay ni un momento de respiro para Marco Didio Falco. Al instante de desembarcar a su vuelta de Palmira, su amigo Petronio Longo le pide ayuda para una misión de la Cuarta Cohorte de los vigiles a la que pertenece: supervisar que uno de los mandamases de los bajos fondos de Roma abandona la ciudad, en lo que se conoce como su “tiempo para escapar”. Y es que la ley romana, en caso de condenar a muerte a un ciudadano, le concedía al reo el tiempo para recoger algunas pertenencias y salir pitando.

Una vez embarcado el criminal Balbino Pío, Falco aún tiene tiempo de que intenten robarle las mercancías traídas de Palmira para su padre y de que el Emperador le encargue investigar la corrupción existente entre los vigiles, lo que podría acabar para siempre con su amistad con Petro.

Pero Marco tiene pocas opciones, necesitas ganarse el favor de Vespasiano para que por fin se le permita casarse con Helena Justina, quien además está embarazada. Para liar aún más las cosas, parece que un nuevo cerebro criminal se ha hecho con la organización de Balbino Pío, y a sus actividades anteriores se añade el secuestro de niños, entre ellos una sobrina de Marco. Y hay dos nuevos miembros en su caótica familia: una perra abandonada que lo adopta con gran entusiasmo y un bebé que encuentra abandonado en la calle.

La Roma que se describe en esta ocasión es aún más sórdida que de costumbre, llena de ladrones, asesinos y prostitutas, consentidos por funcionarios corruptos. Es un lugar duro y amenazante en el que cualquiera es una amenaza y donde los ciudadanos honrados parecen no existir. Así describe Falco, de vigilancia con uno de los vigiles de Petro, el Foro de Roma:

Ahora, en el Foro, aunque diera la impresión de estar sumido en desalentadas reflexiones filosóficas, había distinguido enseguida al vagabundo que, borracho como el caballo de tiro de un vinatero, avanzaba zigzagueante con aire determinado hacia dos individuos de ademán altanero que deambulaban junto a los Patios Julianos, envueltos en togas. También se había fijado en los esclavos que rondaban el lugar, entre ellos el que le había birlado un tintero a otro y lo había ocultado bajo la túnica con la clara intención de robarlo. Asimismo, Martino se había fijado en la vieja llorosa y en la muchacha que iba camino de su casa y no se había dado cuenta de que la seguían. Por último, su mirada se detuvo en un grupo de muchachos que remoloneaba en la escalinata del Templo de Cástor y Pólux; unos jóvenes que buscaban camorra, eso estaba claro, pero que no habían emprendido todavía una vida delictiva. Probablemente.

Sin embargo Falco consigue salir adelante, capturar a los malos y proteger a los inocentes, si es que queda alguno. Y aunque nunca abandona el tono cínico de quien sabe que por cada criminal que retire de la circulación hay varios más esperando a ocupar su puesto, al menos por esta vez todo sale bien.

Lecturas de la infancia: “Shogun”, de James Clavell

Cuando tenía 9 años mis padres, mi hermana y yo fuimos a Iquitos (Perú) a visitar a mi abuela. Ya habíamos estado allí antes, pero yo era demasiado pequeña para recordarlo. En cambio ese viaje, esos dos meses que pasamos allí, los recuerdo perfectamente. El calor, el olor, las visitas a la selva, los paseos por el Amazonas… Había elementos de sobra para pasarlo en grande, pero había una cosa en particular que para mí era lo más de lo más. La mayoría de los niños de esa edad sueñan con que los dejen solos en una pastelería, pero yo no. Yo tenía a mi disposición la librería de mi abuela.

Todos los días, durante la siesta, en vez de irme a dormir yo me cogía una pila de libros, mi silla y una Inca-Cola bien fría, y me ponía a leer. Sé que había una tele en la casa, pero no la vi jamás, ni me suena haberla visto encendida. No sé cuantos libros pude leer en aquellos dos meses, pero no creo que fueran menos de 20; muchos los he olvidado, pero hay uno que siempre voy a recordar, porque me encantó, y fue Shogun.

Me fascinó el contraste entre las ideas y costumbres de aquel marino inglés del siglo XVII y la sociedad japonesa, totalmente medieval. El continuo cambio punto de vista, que ofrecía también  el shock que para los japoneses eran aquellos ingleses sucios, toscos y sin la menor idea del honor, capaces de recibir un insulto y no suicidarse en el acto, y no solo el horror del capitán Blackthorne ante el poco valor que los japoneses le daban a la vida humana. Siempre me ha gustado que me den detalles sobre cosas que no conozco en absoluto, ya sea el transporte de madera o la gramática japonesa.

Esto me ha venido a la memoria porque ayer empecé a leer una novela de una escritora japonesa, aunque esta vez ambientada en la actualidad. Y por lo poco que he leído, estos cuatro siglos no los han hecho menos peculiares para nuestra mentalidad occidental. Me está gustando mucho, así que supongo que no tardaré en terminarlo, será mi próxima reseña.

“Sarum: The Novel Of England”, de Edward Rutherfurd

Tras un par de abandonos seguidos en el último mes, por fin he dado con una novela que he podido terminar. Tampoco es que me haya rechiflado, pero al menos ha conseguido mantener mi interés hasta el final, y con más de 1000 páginas eso no es moco de pavo.

Comienza a finales de la última glaciación, hacia el año 5000 A.C., con un cazador de la tundra del norte de Europa, un tipo fuerte y habilidoso en el manejo de herramientas, que decide viajar hacia el sur con su familia, en busca de una vida más fácil para los suyos. Pero su viaje se ve interrumpido por la ruptura del dique natural que unía lo que hoy es Inglaterra con el continente, así que se asientan en esa zona. Allí, en la confluencia de cinco grandes ríos en la que más tarde se asentó la ciudad de Salisbury, encuentran a otro cazador con su familia, un tipo pequeño, de dedos largos en manos y pies, astuto y hábil en los modos de la vida en el río. Durante generaciones, la convivencia entre ambas familias roza siempre la enemistad declarada, aunque se va manteniendo una paz precaria.

A lo largo de los siglos irá siguiendo a estas dos familias y sus ramificaciones durante los grandes acontecimientos y cambios que se vivirán en esa zona. La llegada del Neolítico con el desarrollo de la agricultura, traída por los primeros pobladores celtas, el desarrollo de la religión druídica y la construcción de Stonehenge en su momento de mayor auge, para ser después completamente erradicada con la ocupación romana.

El Panteón de dioses romanos no duró mucho, pues al poco tiempo llegó el Cristianismo, y perduró cuando llegaron la invasión sajona primero y la normanda después, en la Baja y Alta Edad Media respectivamente. La construcción de la catedral abarca varias generaciones, y la comunidad es cada vez más próspera. La Peste Negra en el siglo XIV diezma la población y supone un cambio en el sistema feudal, después llega el Anglicanismo, la Restauración, la Regencia… Las guerras con Francia y la Independencia de los Estados Unidos. Hasta llegar por fin a la Revolución Industrial en el siglo XIX, y después las dos Guerras Mundiales en el XX, para acabar en 1985, poco antes de la publicación del libro, con la visita de la Reina a la catedral de Salisbury para empezar a recaudar fondos para su restauración.

Me gustó especialmente la parte de la construcción de Stonehenge en una época en la que no se había inventado ni la rueda, por lo que trasladar aquellas piedras descomunales se tenía que hacer prácticamente por fuerza bruta. En general ha sido interesante, aunque al no haber más que pequeñas historias personales sin ningún protagonista claro a ratos se hace un poco pesado. Y eso que lo he leído en digital, que en papel debe de pasar del medio kilo…

Ha sido la última lectura de este año, creo que empezaré 2012 con algo más ligerito, en todos los sentidos.

¡Feliz Año Nuevo a todos!

“The Thousand Autumns of Jacob de Zoet”, de David Mitchell

Me gustan mucho las novelas ambientadas en Oriente, sobre todo en la época de los primeros contactos con los europeos o de las colonias inglesas en la India o China.

Cuando vi este libro pensé que sería algo del estilo de Shogun, y no me equivocaba. En este caso, en lugar de un inglés en Japón tenemos al holandés Jacob de Zoet, que llega Dejima, el puerto franco que los holandeses tienen en Nagasaki.

De Zoet llega a Nagasaki en 1799, como una especie de auditor que tiene que revisar las cuentas de los empleados de la Compañía de Indias Orientales Holandesa. Esta tarea es prácticamente imposible dado el nivel de corrupción reinante entre los demás empleados, incluido su jefe. El resultado de su honradez es que se ve obligado a permanecer en Dejima en un puesto subordinado a los corruptos.

Es allí donde conoce a Aibagawa Orito, una comadrona que estudia con el doctor holandés, y ella es la causa de que se enemiste con el poderosísimo Abad Enomoto, quien quiere a Orito para su monasterio, en el que se realizan en secreto ritos atroces. También hace amistad con uno de los traductores japoneses y antiguo pretendiente de Orito. Y la cosa aún se complica más con la llegada de un barco inglés, que pretende desplazar a Holanda como única nación que comercia con los japoneses. Esto es un hecho histórico, la fragata inglesa Phaeton bombardeó Dejima en 1800.

La novela empieza narrada desde el punto de vista de de Zoet, pero hacia la mitad cambia a los personajes japoneses: Orito en el monasterio y el traductor que pretende ayudarla, para volver a de Zoet en la última parte, para el enfrentamiento con los ingleses.

Pero aun así, la novela no consigue el mismo tono de veracidad con los personajes japoneses que con los europeos. El choque que supone para el protagonista la cultura japonesa es creíble, pero no lo es cuando se trata de la reacción de los japoneses a las costumbres occidentales. En ese sentido, creo recordar que Shogun parecía no solo más realista, sino también estar mejor documentado. Tal vez es porque en esta época las dos civilizaciones ya llevaban varios años tratando la una con la otra, mientras que en Shogun se trataba del primer contacto, y la impresión en ambos lados era de total extrañeza, como si en vez de culturas distintas fueran especies distintas. Pero echo de menos una descripción más completa de las costumbres de los japoneses, de su filosofía de vida y de su sociedad.

Una cosa que no me ha gustado es que el Abad Enomoto obtiene poderes mágicos de los atroces ritos celebrados en su monasterio. No se puede criticar a los japoneses por su rechazo a la ciencia y por sus supersticiones si éstas resultan ser ciertas. No me pega meter en medio de la historia elementos paranormales, cuando todo el resto de la trama es de lo más realista.

Al parecer esta novela fue finalista al premio Booker. Tiene los méritos para ello.

“Último acto en Palmira”, de Lindsey Davis

Sexta aventura de Marco Didio Falco, el investigador privado favorito del emperador Vespasiano. O al menos eso creía él, hasta que en la novela anterior Domiciano, el hijo del Emperador, le comunicó que no se le iba a pagar lo que se le había prometido y que le habría permitido casarse con Helena Justina.

Es por eso que en esta ocasión no pone reparos a salir de Roma para ver cómo está la situación en Petra, y si sería fácil anexionar Siria al Imperio Romano. El encargo no viene directamente del Emperador, sino de Anacrites, el jefe de los servicios secretos, por lo que Falgo no las tiene todas consigo, pero decide aceptar y de paso buscar a la joven intérprete de órgano acuático (!?!) Sofrona, fugada con un empresario sirio y cuya mentora está cabreada por haber perdido su inversión.

La llegada de Falco y Helena a Petra es muy accidentada: descubren el cuerdo de un hombre asesinado, y Anacrites ha informado de su llegada a las autoridades, por lo que lo están esperando. Son expulsados de Petra ese mismo día, al mismo tiempo que una compañía teatral romana con quien trabajaba el muerto.

La compañía contrata a Falco para sustituir al dramaturgo asesinado, así que él y Helena se unen a ellos para recorrer la provincia buscando a Sofrona, y de paso descubrir al asesino. Influye en su decisión que Falco no tiene dinero para pagar el viaje de regreso a Roma.

La trama del asesinato es casi lo de menos, porque el verdadero drama está en los líos que hay entre los miembros de la compañía teatral: hijas perdidas, amoríos, deudas, confusión de identidades, antiguas enemistades… todo sale a relucir durante la investigación, como si de una gran comedia de enredo se tratara. Pero por fin se descubren todos los secretos en la noche de la última representación, en Palmira, durante el estreno de El espectro que habló, la primera y única obra de Falco, en la que un joven indeciso recibe la visita del fantasma de su padre, quien le cuenta que ha sido asesinado justo el día de la nueva boda de su madre. No sé si le suena a alguien…

“Limpieza de sangre”, de Arturo Pérez-Reverte

Segundo libro de la serie del capitán Alatriste, novela histórica ambientada en el Siglo de Oro. Las desventuras del Capitán, como en el libro anterior narradas por su joven paje, Íñigo de Balboa, el huérfano de un compañero de armas en la campaña de Flandes y que esta vez es el auténtico protagonista de la historia, ya que se enfrenta a la Santa Inquisición bajo la acusación de tener sangre sucia. Y esto no tiene nada que ver con ser hijo de muggles, sino con tener antepasados judíos y de ser un “judeizante”. Por supuesto todo es una intriga palaciega para atacar a Alatriste y de paso al Conde-Duque de Olivares. Por suerte, Alatriste cuenta con algún amigo poderoso, y todo acaba bien.

Me hace mucha gracia esta comparación entre la Inquisición Española y la de otros países de Europa:

Pero Inquisición hubo también en otros sitios. Y además, con su pretexto o sin él, tudescos, franceses e ingleses chamuscaron más heterodoxos, brujas y pobres desgraciados que los quemados en España; donde, merced a la puntosa burocracia de la monarquía austríaca, todos y cada uno de los chicharrones que hubo, muchos pero no tantos, figuran debidamente registrados con procesos, nombres y apellidos. Cosa de la que no pueden presumir, por cierto, los gabachos del rey cristianísimo de Francia, los malditos herejes de más arriba o la Inglaterra siempre falsa, miserable y pirata; que cuando quemaban ellos lo hacían alegremente y a montón, sin orden ni concierto y según les venía en ganas o en intereses, condenado hatajo de hipócritas.

Una visión peculiar del asunto, está claro.

Lo que más me gusta de estos libros es la descripción del Madrid del siglo XVII, reconocer las calles que aún existen hoy en día, e imaginar lo distintas que debían de ser en aquella época, los hombres embozados con sus capas y sus sombreros de ala ancha, los callejones estrechos de la zona de los Austrias y el campo, mucho más cerca de la ciudad de lo que hoy podemos imaginar.

Pero le encuentro un defecto al libro, y es que, al igual que el primero, está narrado por Íñigo, lo que en principio es una opción perfectamente válida. Pero durante más de la mitad de la novela Íñigo y Alatriste están separados, por lo que el punto de vista de la narración no puede seguir siendo el del chico, al menos en la parte de la historia que se refiere a Alatriste. Es lo que pasa cuando renuncias al narrador omnipresente, que no puedes contar cosas que ocurren fuera de la vista de tu protagonista. O, al menos, tienes que dar una explicación, como que luego le han contado toda esa parte de la historia; pero con un personaje como Alatriste, al que describen todo el tiempo como callado y parco en palabras, eso es difícil de creer.

Por cierto, qué gran alivio resulta leer a un escritor que sabe la diferencia entre “le” y “lo”, y cuando emplear uno u otro. Debería enseñar al resto, que son una pandilla de leístas, loístas y laístas impenitentes.

Abandono: “Earthly Joys”, de Philippa Gregory

No sé si es que he bajado el ritmo de lectura por haber cogido unos días de vacaciones, o porque leí tantísimo durante el mes que pasé en Ruanda, pero no puedo con este libro.

En la otra novela de esta autora que he leído, La otra Bolena, a pesar de saber de sobra cómo iba a acabar puesto que el violento final de Ana Bolena no es ningún secreto, se mantiene la tensión y la intriga hasta el final. En esta obra, en cambio, no sé lo que va a pasar, pero tampoco podría importarme menos. La devoción del protagonista, el jardinero John Tradescant, por su señor el Duque de Buckingham, solo se salvaría del ridículo si fuese gay. No lo es.

En cuanto a los cientos de árboles, flores y plantas que se mencionan, dada mi poca mano para la jardinería es un esfuerzo que se desperdicia conmigo. Prefiero con mucho las intrigas palaciegas, es una pena que el bueno de John Tradescant pase por ellas intentando enterarse de lo menos posible, no digamos ya participar.