“The Graveyard Book”, de Neil Gaiman

Un hombre de aspecto siniestro entra en una casa para asesinar a una familia. Los padres y la niña son cosa fácil, pero el bebé se escabulle y se echa a andar calle arriba, hasta llegar a un viejo cementerio, donde los fantasmas le dan cobijo, lo protegen del asesino y le dan un nombre: Nobody Owens.

Bod crece en el cementerio cuidado por una amable pareja de fantasmas, y con un vampiro y una mujer-lobo como tutores. Los fantasmas le dan clases, le enseñan a leer y a escribir, y lo miman. Bod aprende a vivir  entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y pocas veces sale del cementerio, pues el hombre que asesinó a su familia aún lo busca para acabar el trabajo.

Nos cuentan las pequeñas aventuras de Bod en el cementerio y sus escasos contactos con el mundo de los vivos. A ratos resultan un poco inconexas, aunque al final casi todo tiene relación con el tenebroso asesino, que vuelve a por Bod y sufre un terrible final.

Es un libro un poco siniestro, teniendo en cuenta que va dirigido a un público infantil, pero supongo que en realidad a los críos les encantan todas estas cosas tenebrosas y morbosas. En el fondo, es hasta bonito.

“La plata de Britania”, de Lindsey Davis

Lo bueno de pasarse 12 horas sentada en Barajas es que se tiene mucho tiempo para leer…

La plata de Britania es el primer libro de la serie sobre Marco Didio Falco, un investigador privado en la Roma del emperador Vespasiano, en el siglo I d.C. Una especie de Phillip Marlow con toga, con un sentido del humor muy ácido. Y como toda novela policíaca que se precie, está narrada en primera persona por el propio Falco, que se describe a sí mismo sin ningún romanticismo.

La historia empieza cuando nuestro héroe rescata a la joven sobrina de un senador, que acaba de ser secuestrada de la casa de su tío. A partir de ahí empieza a descubrirse la trama de una conspiración contra el Emperador, financiada con lingotes de plata robados, que lleva al pobre Falco hasta Britania, donde el pobre ya había estado con las legiones y donde nunca hubiera querido regresar. Allí debe infiltrarse en una de las minas de plata, haciéndose pasar por esclavo, para descubrir cómo funciona la trama de corrupción que permite robar la plata. Allí también conoce a Helena Justina, la hija del senador, una especie de Lauren Bacall patricia.

Es un libro muy divertido y entretenido, los dos protagonistas, Falco y Helena Justina son estupendos, y hay una colección de personajes secundarios de lo más pintorescos, como la madre y las hermanas de Falco, su amigo el capitán de la guardia Petronio o su vecina la lavandera Lenia. Es, a pesar de la ambientación histórica, una historia muy moderna.

“Harry Potter and the Prisioner of Azkaban”, de J.K. Rowling

Éste fue el libro que me enganchó de verdad a la serie de Harry Potter, y fue por la rata. Los dos primeros me habían gustado, me parecieron unos libros monos y originales, pero la rata es un golpe de genio. ¡Tres años, se pasa la rata rondando por los bolsillos de Ron! Tres años durante los que se les cae, se lleva golpes y hasta intentan hacer que se vuelva amarilla, y todo ese tiempo resultó ser un mago traidor. Es de lo más siniestro, y no lo vi venir ni de lejos. Y eso es algo que me pasa pocas veces, la verdad.

La historia sigue las directrices de siempre, con algunos personajes nuevos, como la profesora de Adivinación (que para mí ya siempre tendrá la cara de Emma Thompson), el nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, por una vez uno bueno de verdad, y la oscura figura de Sirius Black, padrino de Harry y acusado de traicionar a sus padres, haciendo posible que Voldemort los asesinara. Nuestro trío sigue haciendo de las suyas, totalmente despreocupados pese a la amenaza de Sirius, fugado de Azkaban y empeñado en entrar en el colegio. Tenemos Quidditch y criaturas extrañas, un mapa mágico la mar de majo y alguna aventurilla por ahí, y Snape está especialmente desagradable. La amenaza de Voldemort no se hace notar hasta casi el final, y todo es más o menos como en los otros libros, excepto por el toque maestro de la rata.

Después de eso, cualquier cosa es posible.

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“The Time Traveller’s Wife”, de Audrey Niffeneger

La verdad es que esperaba algo más de este libro. La premisa no está mal: el protagonista tiene una mutación genética que lo hace saltar en el tiempo, sin ningún control, y sin poder llevar nada consigo. Vamos, que de cada vez aparece desnudo y desvalido, con lo que pasa frío, corre peligro de que lo detengan o le den una paliza, tiene que robar para comer ya que puede pasar varios días en ese tiempo determinado, etc. Además de las dificultades que le causa la interrupción de su vida normal, cuando desaparece de repente y no sabe cuándo va a volver a aparecer.

Pues en vez de centrarse en eso, la historia se centra en las dificultades que le causa en su vida personal.

El viajero temporal, Henry, conoce a la que será su mujer, Clare, cuando él tiene unos 30 años y ella 5, en uno de sus retrocesos en el tiempo. En realidad en ese año Henry tiene 13 y no la conoce, ni la conocerá hasta los 28. La historia sigue su relación, primero con el Henry adulto que visita a la Clare-niña y después cuando se conocen ambos de adultos (él por primera vez). Ya el primer día Clare le suelta que se van a casar, porque el Henry futuro se lo dijo cuando era pequeña.

Total, que es todo una ñoñería en plan como-sufro-cuando-no-estoy-contigo, en vez de centrarse en lo interesante, que es el viaje en el tiempo, los problemas que causa, la posibilidad de destruir el continuo espacio-tiempo…

Lo que podría ser una buena novela de ciencia-ficción se queda convertida en una bobada tipo El cuaderno de Noah, con final lacrimógeno incluido.

“Summer”, de Edith Wharton

Charity Royall siente hostilidad hacia el mundo entero, y con razón. Su propio nombre le fue impuesto a los 5 años, cuando el abogado Royall la acogió, como recordatorio de su dependencia. De padre desconocido, su madre la entregó tan contenta, o tal vez lo hizo por alejarla de la terrible miseria de las montañas.

Charity se aburre de la mediocridad de su pueblo y de sus habitantes, y de su trabajo como bibliotecaria, que tomó para ganar el dinero suficiente para alejarse de su tutor, que ya le ha pedido matrimonio. Y aquí hago un inciso: ¿cómo puede un tipo que ha criado a una niñita desde los 5 años pretender casarse con ella cuando cumple los 18? Hace falta ser degenerado…

Al pueblo llega un joven arquitecto que está dibujando casas rurales, y Charity queda deslumbrada, le parece un ser superior, perteneciente a otra esfera muy distinta de la suya. Pero es una chica bonita, y el sinvergüenza del arquitecto se fija en ella. No le dice que va a casarse con otra chica, e incluso llega a prometerle a Charity que irá a buscarla y se la llevará para casarse.

Las cosas van de mal en peor (para Charity, al arquitecto todo le va de miedo). Cuando él la abandona, decide volver a las montañas para tener allí el bebé, pero la miseria del lugar la espanta y cuando su tutor va a buscarla con otra oferta de matriminio, ella acepta.

Supongo que esto es lo que en las novelas de Wharton pasa por un final no demasiado trágico, ya que nadie se suicida, pero por favor, qué deprimente resulta. Me ha recordado a Ethan Frome, no sólo porque tiene lugar en el campo en lugar de en Nueva York, sino por esa claudicación, esa resignación ante la fatalidad y la infelicidad. Los personajes de Wharton son un atajo de mártires que prefieren sufrir ellos antes que hacer sufrir a los demás, y así les va a los pobres.

“South of Broad”, de Pat Conroy

Hacía 14 años que Pat Conroy no publicaba una novela, así que me he lanzado sobre South of Broad en cuanto he podido echarle el guante.

Siempre me han gustado los escritores sureños. Me refiero, claro está, al Sur de los EEUU, y al Sur confederado, no al de la costa Oeste. Sus historias están llenas de alcohólicos, violaciones, incestos, conflictos raciales y de clase, homosexuales encantadores y bellezas sureñas. Y los hombres siempre sujetan las puertas para que pasen las mujeres.

Tras su largo silencio, Conroy vuelve con sus temas habituales. Un narrador, muy parecido a Tom Wingo, cuenta lo sucedido a raíz de el reencuentro con sus viejos amigos del instituto.

El protagonista, Leo King, parece que por fin, a punto de cumplir 18 años, empieza a superar el suicidio de su hermano ocurrido 8 años antes, tras pasar todo ese tiempo entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos.

Empieza rememorando el día en que los conoció a todos, el16 de junio de 1969, el Bloomsday (las referencias a Joyce son continuas a lo largo de la novela). Los hermanos Niles y Starla, huérfanos, maltratados por el sistema, que a él lo ha convertido en una roca y a ella la ha desquiciado; los histriónicos gemelos Trevor y Sheba Poe, sus nuevos vecinos, él abiertamente homosexual incluso en aquel profundo sur, ella una belleza destinada al estrellato; Ike, el chico negro en el primer año de integración del colegio, y por último los hermanos Rutherford, Chad y Fraser, y la novia de Chad, Molly, los tres de la alta sociedad de Charleston, que jamás soñarían con mezclarse con negros, huérfanos y, en general, la chusma de la ciudad. Todos ellos se convierten en grandes amigos, y se reunen 20 años más tarde para buscar a Trevor, enfermo de SIDA y desaparecido desde hace meses.

Conroy vuelve a sus temas de siempre: los abusos a niños, la belleza de su Carolina del Sur, el fútbol americano como integrador racial y la cocina. Cuando leo sus libros siempre me da la impresión de que Pat Conroy debe de ser un cocinero magnífico.

La novela está intercalada de historias preciosas, como la del matrimonio de los padres del protagonista (una madre que es más bien un adversario, y uno formidable), y terribles como la de los gemelos Poe. Me ha tenido absorta todas y cada una de sus 500 páginas. Espero que Conroy no tarde otros 14 años en escribir la próxima.

“Pyramids”, de Terry Pratchett (Audiolibro)

Éste me parece que es el séptimo libro de Mundodisco, en esta ocasión sin ninguno de los personajes habituales. A menos que contemos Ankh-Morpork como un personaje, cosa que no sería tan descabellada.

El joven Ptepppic, heredero al trono de Djelibeybi (la versión descabellada del antiguo Egipto), es enviado a Ankh-Morpork para asistir a la escuela del Gremio de Asesinos, y justo el día de su graduación siente de alguna forma la muerte de su padre y regresa a casa a toda prisa.

Al haberse criado lejos de las tradiciones de su tierra tiene varios enfrentamientos con Dios, el sumo sacerdote, que piensa que asuntos  como el gobierno del  país son demasiado mundanos para que el rey se ocupe de ellos.

Por si eso fuera poco, la construcción de la enorme pirámide en la que van a sepultar a su padre provoca una ruptura en el continuo espacio-tiempo, que trae a la vida a todos los dioses de Djelibeybi, y de paso a todas las momias del país. Ptepppic consigue restaurar el orden destruyendo las pirámides, y ya de paso se libra de Dios y del trono.

No es la más divertida de la novelas de Mundodisco que he leído hasta ahora, pero tiene su punto. Qué puedo decir, me encantan los libros en los que se habla de física y matemáticas, aunque sea de guasa.

“The Errand Boy”, de Horatio Alger

Horatio Alger fue un escritor muy popular en el siglo XIX por sus novelas sobre niños pobres que, a base de trabajo duro y honrado, alcanzaban la riqueza. The Errand Boy es una de las más conocidas, sobre un muchacho a quien su malvada madrastra revela, tras la muerte de su padre, que en realidad éste no era su padre, sino que un desconocido lo había abandonado en su casa cuando el niño tenía unos 3 años.

En vista de que no es querido en su casa y de que siente que no tiene ningún derecho a permanecer en ella, el chico se va a la gran ciudad en busca de fortuna, y dado que es trabajador, honrado y leal, en seguida la encuentra, además de a su verdadero padre.

Todas las novelas de Alger, y escribió un montón, son de este estilo. Una especie de Mujercitas para chicos, vamos.

Alger dedicó tiempo y dinero a ayudar a niños sin hogar, lo cual resultaría encomiable, si no fuera porque fue expulsado de la Iglesia Unitaria por pederasta. Escalofriante.

“An Old Fashioned Girl”, de Louisa May Alcott

an-old-fashioned-girlLa pequeña Polly Milton hace una visita a su amiga Fan Shaw, como se hacían antes esas cosas, por un par de meses. Polly es una niña de pueblo y las costumbres y la sofisticación de la ciudad le resultan extrañas, y a veces hasta repelentes, por lo que la consideran una chica “a la antigua”.

Pero Polly es tan buena, tan buena, pero TAN BUENA, que con su ejemplo hace cambiar a Fan y a sus hermanos, el travieso Tom y la pequeña Maud. Les enseña a respetar a su abuela y a mostrar afecto a su padre. De la madre no se ocupa, porque es una perezosa, lo que para Alcott debía ser la peor de las transgresiones.

Los años pasan, y Polly vuelve a la ciudad para trabajar como profesora de piano, y así ayudar a pagar los estudios de su hermano, pero sigue siento TAN BUENA, que no sucumbe a las tentaciones de las diversiones de la gran ciudad, y se conforma con su trabajo. Los Shaw siguen sintiendo su influencia, y gracias a ella consiguen superar la bancarrota de su padre. Fan se casa con un hombre rico, y Polly con Tom, como se ve venir desde la página 2, más o menos, y todos tan felices.

A pesar de ser una historia tan convencional, se tratan temas como la independencia de las mujeres, su derecho a ganarse la vida y el derecho al voto. Tal vez la autora exagera tanto haciendo de Polly una chica tan recatada para poder hacerla tan moderna en otros aspectos.

“Aprendiz de asesino”, de Robin Hobb

Aprendiz_de_asesinoAl poco de empezar a leer este libro, me di cuenta de que ya lo había leído, pero en inglés. Es asombroso lo que puede cambiar las cosas una traducción.

El protagonista es un niño, hijo bastardo del príncipe heredero al trono. A los 6 años su abuelo materno lo lleva a la corte y lo deja allí, para que su padre se haga cargo de él. Allí crece el chaval, sin ver nunca a su padre, que pretende protegerlo de las intrigas de la corte, y sin que se le de un nombre: sólo se dirigen a él como “chico” o “bastardo”, o a veces como Traspié. Y ahí está una de las mayores diferencias con la edición original, en la que usan la partícula Fitz, que significa bastardo. Un Fitzwilliam es un bastardo de un William, un Fitzroy, del rey. Es de lo más despectivo y humillante, mientras que Traspié suena a mote graciosillo.

Por supuesto, tratándose de una novela fantástica, tiene que haber magia, que en esta ocasión se manifiesta en la capacidad de los miembros de la familia real para la telepatía y la coerción. Pero en lugar de emplearlo en esto, a nuestro protagonista lo destinan a otra tarea: la de espía y asesino real.

Como es el primer libro de una trilogía, la cosa queda sin rematar, con el reino amenazado por unos temibles piratas, que secuestran pueblos enteros y piden un rescate bajo la amenaza de devolverlos, pero totalmente despojados de sentimientos humanos.

No sé si me animaré a continuar la trilogía, me parece que avanza con demasiada lentitud.