“A High Wind in Jamaica”, de Richard Hughes

Busqué este libro porque en él se basa una película que vi hace un montón de años y que me gustó mucho. La peli se titula Viento en las velas (1965), dirigida por Alexander MacKendrick y protagonizada por Anthony Quinn.

La novela es de 1929, por lo que sorprende por la crudeza de los temas que trata, que van desde el abuso al asesinato, y por cómo presenta a los niños protagonistas, sin ningún romanticismo ni puritanismo victoriano. Al parecer, tuvo una gran influencia en obras posteriores como El señor de las moscas.

Los niños de dos familias afincadas en Jamaica son enviados a Inglaterra tras producirse un huracán en la isla. En barco, claro está. Y al poco de zarpar son abordados por unos piratas, que trasladan a los niños a su barco para forzar al capitán a entregarles todo lo de valor que lleva a bordo. La intención de los piratas es devolverlos, pero el capitán cree que los han asesinado y huye.

Los niños se toman el cambio con toda tranquilidad. Nadie les había dado explicaciones sobre su partida de Jamaica, ni sobre cómo iba a ser el viaje, ni siquiera sobre el porqué de su partida. Para ellos un adulto es igual a otro, y si los mandan embarcar en un sitio u otro les es indiferente. En ese sentido, son como pequeños salvajes.

Pero lo que no es normal es la frialdad de la carta en la que el capitán les comunica a las familias las muertes de sus hijos, como si fuera un percance más del viaje. Incluso llega a escribir, como consuelo, que los mataron muy rápido así que no deben temer “lo peor”.

La narración se centra en Emily, de 10 años, en muchos aspectos la líder natural del grupo. Es lo bastante mayor como para dominar a los pequeños, pero no tanto como Margaret, de 13, y por tanto lo bastante inocente como para temer siquiera la posibilidad de ser víctima de abusos sexuales.

Para los niños el barco es un lugar de juegos inmejorable, y disfrutan de cada minuto de su cautiverio, del que ni siquiera son conscientes.

Siempre me llama la atención cuando en las novelas los personajes infantiles son retratados como criaturas inocentes y angelicales o como pequeños monstruos egoístas, apenas un paso por encima de un animalito. Yo creo que esos autores no recuerdan sus propias infancias. No se dan cuenta de que un niño es igual que un adulto, solo que más pequeño y con menos experiencia y conocimientos. Pero el carácter, la personalidad, la idea del propio yo, no creo que cambie demasiado.

Recuerdo perfectamente mis 10 años, la edad de la protagonista. Mi hermana entonces tenía 2, y si por algún motivo mis padres la dejaban a mi cargo, la agarraba de la mano y no la soltaba, porque me daba pavor que se me perdiera. Por eso no me puedo creer que Emily, ante la desaparición de uno de sus hermanos, se sienta simplemente “extrañada”, y que ni siquiera se pregunte qué le ha pasado.

Pero bueno, en general me ha gustado bastante. Ha sido una lectura interesante.

“Crocodile on the Sandbank”, de Elizabeth Peters

crocUna novelita de aventuras, narrada en primera persona por la protagonista, Miss Amelia Peabody, una rica heredera que es como un Indiana Jones del siglo XIX y con faldas, a las que maldice todo el rato por su incomodidad.

Lo que tiene haber leído a Dickens y a Wilkie Collins es que cualquier otra novela victoriana va a ser mucho menos enrevesada, y una ve venir la trama desde la página 10. En este caso, tampoco es que sea particularmente difícil: el villano aparece pronto, y la protagonista declara desde el primer momento que no le gusta, así que no es ninguna sorpresa que resulte ser además un mentiroso y un tipo peligroso.

Es entretenido, pero nada del otro mundo, no creo que lea los demás libros de la serie (que los hay).

Llevo varias lecturas ligeras seguidas, porque me está costando un montón Infinite Jest. Con sus frases de 15 líneas y sus párrafos de 8 páginas, resulta agotador… No he leído más de 50 páginas, y lo que he leído me ha parecido muy intrigante, pero me cansa tanto que lo tengo que intercalar con otras cosas. A ver si ahora que estoy de vacaciones avanzo un poco más.

Lecturas de la infancia: A través del desierto y de la selva

desierto1No puedo entender que este libro no sea más conocido. Tendría que tener la misma fama que La isla del tesoro, o que los libros de Verne o de Jack London o de los Cinco. Tendría que haber varias películas (al menos una de ellas de Disney), y no sólo las dos versiones polacas que existen, de las cuales he visto una y pienso comprar la otra. ¿Dónde se ha visto, a parte de con Kipling, un premio Nobel de literatura escribiendo una novela de aventuras para niños? Algo tan extraordinario debería llamar la atención de la gente, digo yo. Pues no. No conozco a nadie más que haya leído este libro, y me parece una pena.

A través del desierto y de la selva es una novela de Henryk Sienkiewicz, escritor polaco autor de Quo Vadis. Los protagonistas son dos niños, Stas Tarkowski y Nel Rawlison, de 14 y 8 años respectivamente. Los dos son grandes amigos y tienen mucho en común: ambos son hijos de ingenieros que trabajan en la construcción del canal de Suez, ambos son huérfanos de madre, y los dos llevan una vida muy cómoda en Port-Said.

Los dos juntos son secuestrados por seguidores del Mahdi durante la rebelión de Sudán, para utilizarlos como rehenes políticos. Sus secuestradores los llevan a través del desierto hasta Khartum, y de ahí pretenden llevarlos a Fashoda, pero los niños consiguen escapar. Los dos solos deben atravesar la selva para intentar llegar a Mombasa y así poder volver con sus padres. Los niños pasan grandes peligros y privaciones, y se ven sometidos a terribles sufrimientos, tanto físicos como psicológicos.

Este es un pasaje que me impresionó especialmente la primera vez que lo leí, siendo una cría. Tiene lugar justo después de que Stas haya matado a sus captores para poder huir, cuando se da cuenta de que Nel le tiene miedo:

Y al pensarlo, una gran amargura se apoderó de él, porque se daba cuenta de que, si no fuera por Nel, hacía mucho que habría huido o habría muerto. Sólo por ella había sufrido todas aquellas penalidades, y ¿cuál fue el resultado? Que, después de padecer todos aquellos tormentos y el hambre, se presentara ante él con miedo y vacilante, como si fuera otra y no su pequeña hermanita, la que levantara hacia él los ojos, pero con sorpresa y temor en vez de confiadamente. Stas se sintió de repente muy desgraciado. Por primera vez en su vida había comprendido lo que significaba sentir verdadera pena. Los ojos se le llenaron de lágrimas involuntariamente y, de no ser porque no estaba bien que “un valiente guerrero” se echara a llorar, tal vez lo hubiera hecho.

Nunca antes había leído sobre un héroe que se arrepienta de sus acciones, o que al menos lamente no haber tenido otra opción.

Lecturas de la infancia: “Capitanes intrépidos”, de Rudyard Kipling

Capitanes intrépidos

Capitanes intrépidos

Me parece que fue el primer libro serio que leí, es decir, sin dibujos. Había una docena de ilustraciones a lo largo del libro, 2 ó 3 juntas cada vez, referentes a cosas que ya habían quedado atrás, pero no era el típico cuento. Y no tengo en cuenta una tontería titulada algo así como “Toni y su cometa” que me dieron en el cole cuando llegué diciendo que mi madre me había enseñado a leer la tarde anterior. Cuando lo acabé, y en el colegio no me dieron nada más, mis padres se hicieron cargo.

En mi casa siempre se consideró que era una pérdida de tiempo leer chorradas tipo Barco de vapor, habiendo libros infantiles escritos por premios Nobel de Literatura. Tampoco estaban permitidas las versiones adaptadas (¿adaptadas según el criterio de quién?). La norma era, si no eres capaz de leerlo, déjalo por ahora y ya lo retomarás más adelante, pero no pierdas el tiempo con la versión para tontos. Es lo que tiene crecer en una familia de libreros, somos un poco talibanes en el tema de los libros.

Así que, cuando pedí en casa algo para leer, mi madre me dio Capitanes intrépidos para que probara. Y me encantó, hasta el punto de que , tras muchas relecturas, sigue siendo uno de mis libros favoritos..

La historia trata de un chico de unos 15 años, hijo de un multimillonario y muy malcriado, que se cae por la borda del transatlántico en el que viajaba y es recogido por un pesquero, un barco de vela cuyo capitán se niega a llevarlo a tierra de inmediato. El capitán no se cree ni por un momento que el chico sea rico, pero es que además le da igual. Allí hay ocho hombres ganándose el pan, y no van a dejarlo todo por un muchacho impertinente.

Acogen al chaval como a uno más, le enseñan el oficio y lo ponen a trabajar, algo que nunca había hecho en su vida. Y resulta que le gusta.

El chico vuelve a casa 4 meses más tarde, totalmente cambiado, para delicia de sus padres.

Lo que más me gustó fue cómo describía la vida de los pescadores, su trabajo, sus costumbres, hasta sus manías y supersticiones. Me gusta que me cuenten cosas sobre las que no sé nada en absoluto. Y desde entonces siempre me han encantado los libros sobre barcos, como demuestran los 20 libros de Master & Commander que llenan una de mis estanterías.

También me volví una fanática de Kipling, sobre todo de Kim, que es tan exótico y lleno de aventuras, y uno de los pocos libros sobre espionaje que me gustan.

Hay una adaptación al cine estupenda, con Spencer Tracy en el papel de Manuel, el pescador que “pesca” a Harvey cuando éste cae del barco, aunque claro, no es tan buena como el libro.

Ivanhoe, de Sir Walter Scott

Recordaba perfectamente la historia por la peli, que habré visto un millón de veces, con Elizabeth Taylor en el papel de la judía Rebecca, y la sosa de Joan Fontaine haciendo de Lady Rowena, que parecía insólito que alguien la prefiriese a ella antes que a la Taylor.

El libro es muy del estilo del rey Arturo: justa por aquí, caballero despanzurrado por allá, por mi honor, por mi dama, por mi Rey, bla bla bla. Tenemos por ahí a Robin Hood haciendo de las suyas, a Ricardo Corazón de León, que era un cantamañanas, todo el tiempo venga a masacrar sarracenos, y al malvado Juan Sin Tierra, que era el que se quedaba en casa a levantar el país, para que luego lo pusieran verde…

Supongo que en el siglo XIX sería lo normal, pero ahora resulta chocante que nunca se mencione a los judíos sin añadir “esa raza maldita”. ¡Incluso los propios judíos lo hacen!

No estoy tan ducha en historia medieval británica como para pillar si hay muchas inexactitudes históricas, pero hay una muy gorda al final que salta a la vista. La historia se supone que transcurre en el siglo XXII, así que cuando Rebeca dice al final que su padre y ella se marchan a Granada, porque tienen amigos en la corte de Boabdil, debe ser que piensan viajar en el tiempo además de en el espacio, y plantarse en el siglo XV. Justo a tiempo para la conquista de Granada y la expulsión de los judíos, vamos.