Busqué este libro porque en él se basa una película que vi hace un montón de años y que me gustó mucho. La peli se titula Viento en las velas (1965), dirigida por Alexander MacKendrick y protagonizada por Anthony Quinn.
La novela es de 1929, por lo que sorprende por la crudeza de los temas que trata, que van desde el abuso al asesinato, y por cómo presenta a los niños protagonistas, sin ningún romanticismo ni puritanismo victoriano. Al parecer, tuvo una gran influencia en obras posteriores como El señor de las moscas.
Los niños de dos familias afincadas en Jamaica son enviados a Inglaterra tras producirse un huracán en la isla. En barco, claro está. Y al poco de zarpar son abordados por unos piratas, que trasladan a los niños a su barco para forzar al capitán a entregarles todo lo de valor que lleva a bordo. La intención de los piratas es devolverlos, pero el capitán cree que los han asesinado y huye.
Los niños se toman el cambio con toda tranquilidad. Nadie les había dado explicaciones sobre su partida de Jamaica, ni sobre cómo iba a ser el viaje, ni siquiera sobre el porqué de su partida. Para ellos un adulto es igual a otro, y si los mandan embarcar en un sitio u otro les es indiferente. En ese sentido, son como pequeños salvajes.
Pero lo que no es normal es la frialdad de la carta en la que el capitán les comunica a las familias las muertes de sus hijos, como si fuera un percance más del viaje. Incluso llega a escribir, como consuelo, que los mataron muy rápido así que no deben temer “lo peor”.
La narración se centra en Emily, de 10 años, en muchos aspectos la líder natural del grupo. Es lo bastante mayor como para dominar a los pequeños, pero no tanto como Margaret, de 13, y por tanto lo bastante inocente como para temer siquiera la posibilidad de ser víctima de abusos sexuales.
Para los niños el barco es un lugar de juegos inmejorable, y disfrutan de cada minuto de su cautiverio, del que ni siquiera son conscientes.
Siempre me llama la atención cuando en las novelas los personajes infantiles son retratados como criaturas inocentes y angelicales o como pequeños monstruos egoístas, apenas un paso por encima de un animalito. Yo creo que esos autores no recuerdan sus propias infancias. No se dan cuenta de que un niño es igual que un adulto, solo que más pequeño y con menos experiencia y conocimientos. Pero el carácter, la personalidad, la idea del propio yo, no creo que cambie demasiado.
Recuerdo perfectamente mis 10 años, la edad de la protagonista. Mi hermana entonces tenía 2, y si por algún motivo mis padres la dejaban a mi cargo, la agarraba de la mano y no la soltaba, porque me daba pavor que se me perdiera. Por eso no me puedo creer que Emily, ante la desaparición de uno de sus hermanos, se sienta simplemente “extrañada”, y que ni siquiera se pregunte qué le ha pasado.
Pero bueno, en general me ha gustado bastante. Ha sido una lectura interesante.
Una novelita de aventuras, narrada en primera persona por la protagonista, Miss Amelia Peabody, una rica heredera que es como un Indiana Jones del siglo XIX y con faldas, a las que maldice todo el rato por su incomodidad.
No puedo entender que este libro no sea más conocido. Tendría que tener la misma fama que La isla del tesoro, o que los libros de Verne o de Jack London o de los Cinco. Tendría que haber varias películas (al menos una de ellas de Disney), y no sólo las dos versiones polacas que existen, de las cuales he visto una y pienso comprar 