Cuando tenía 8 años le pedí a mi padre que me diera algo para leer, pero que fuera un libro, no un cuento. Me trajo El hobbit, y me dijo que estaba seguro de que me iba a gustar.

Nada más abrir el libro, me encontré con un mapa. ¡Nunca había visto un libro con un mapa! Esto no era en plan, “iba Caperucita por el bosque…” Era un bosque concreto, con un nombre, y hasta una situación en el mapa, algo para mí totalmente novedoso. Las siguientes semanas las pasé completamente absorta en el libro, sorda cuando me llamaban a comer, y leyendo a escondidas hasta altas horas de la noche con una linterna. ¡No sabía que un libro podía ser así! No sabía que un mundo podía ser así. Me parecía que Bilbo y los enanos pasaban de una aventura a otra sin ninguna pausa, de un peligro a otro peor, librándose siempre por los pelos.

Decir que el libro me gustó es poco. Me encantó, me enganchó totalmente, y me convirtió de una aficionada a la lectura en una lectora voraz. Cuando lo acabé, volví a hablar con mi padre, con un disgusto gordísimo porque el libro se había terminado y ¡qué iba a hacer yo ahora! Mi padre me dijo que no me preocupara, que había una continuación, y me dio El Señor de los Anillos. ¡Tres tomos! Eso sí que me iba a durar (de hecho, me duró los tres meses siguientes, todo el verano), y fue el principio de mi afición por los libros largos, de más de 500 páginas (o más de medio kilo), a ser posible, y mi total impaciencia con los relatos cortos.

Mi padre me dijo otra cosa, al ver la pena que me dio acabar el libro: me dijo que siempre podía volver a leerlo. Durante mucho tiempo releí El Hobbit y El Señor de los Anillos una vez al año, e incluso ahora los vuelvo a retomar de vez en cuando. Sigo sin encontrar nada que los iguale, y cuando alguien me dice que no le gusta Tolkien me parece increíble, como esa gente a la que no le gusta el chocolate, y que parece que la única explicación es que tengan algún gen mutante que no es que los haga no humanos, pero sí incapaces de apreciar las cosas realmente buenas de la vida.

Creo que, hasta ahora, todos los libros sobre África que había leído estaban escritos por los colonizadores europeos, como Isaak Dinesen o M. M. Kaye, o por escritores pertenecientes a la cultura árabe, como Naguib Mahfuz. Este es el primer libro que leo de un escritor subsahariano.

El autor es nigeriano, y el libro se publicó en 1958, así que ya tiene unos añitos. La historia se desarrolla durante los días en que los colonizadores blancos llegaron a la zona, imponiendo sus dioses, sus leyes y sus costumbres.

Me llama la atención el contraste entre las costumbres primitivas de la tribu, algunas de ellas realmente brutales, y las motivaciones de los personajes, tan sofisticadas como las de cualquiera que se haya criado en el primer mundo. Los actos del protagonista, Okonkwo, un hombre violento e iracundo, son una reacción a su desprecio por su propio padre, que era todo lo contrario: alegre y cariñoso, a quien consideraba débil.

Un libro muy duro, pero precioso.

¡Por fin! Mil quinientas páginas con las vicisitudes y desavenencias de una familia de nuevos ricos de la Inglaterra de finales del XIX y principios del XX. Bodas, adulterios, divorcios, dos guerras con sus muertos… el final de la era Victoriana y el principio de la moderna, con el choque que tuvo que suponer entonces.
El personaje principal, Soames Forsyte, es a la vez el villano y una figura trágica, digna de lástima. No puede comprender que el que él sienta amor por una persona, no obliga a esa persona a corresponderle, y dado que identifica el amor con la posesión del objeto de su afecto, no puede sino acabar solo y abandonado.
Me ha gustado mucho la descripción de las costumbres de la época, los hombres con sus clubes londinenses, el vestirse para la cena, los sombreros de copa y los guantes de piel de cabritillo… en ese sentido recuerda un poquito a Edith Wharton, pero sin el final trágico imposible de evitar.

He estado a punto de dejar este libro tres veces, no porque sea malo, todo lo contrario, sino porque es tan desolador que me estaba deprimiendo.
El protagonista es un hombre que ha perdido a su hija de tres años. Literalmente, la pierde en un supermercado, y dos años después sigue buscándola en las caras de todas las niñas que ve, totalmente obsesionado, y sumido en una tristeza absoluta.
Y como McEwan es un buen escritor, y no un Dan Brown de esos, describe con tanto detalle su tristeza y su incapacidad para seguir con su vida que acaba uno hundido en la miseria.
Ya me pasó con Expiación, que no pude terminar de la angustia que me daba lo que estaba leyendo. A ver si le doy otra oportunidad dentro de un tiempo, que dos seguidos de este tipo acabarían conmigo. Ahora toca algo ligerito.

Elizabeth Gaskell fue muy buena amiga (y biógrafa) de Charlotte Brönte, pero en esta novela, por el tema, me ha recordado un poco a Jane Austen en “Orgullo y prejuicio”: una chica de buena familia pero empobrecida conoce a un rico comerciante, que en un principio no le gusta nada, pero que sabemos perfectamente que acabará casándose con él (por supuesto, NO por dinero).

Lo verdaderamente interesante es la descripción que hace de la sociedad de la época. La pobreza, la ignorancia, el abuso a los obreros por parte de sus patrones, todo ello en el ambiente sucio y malsano de una ciudad industrial, visto a través de los ojos de una chica criada con todos los lujos, a la que todo aquello le parece espantoso.

La novela se publicó originalmente por entregas, en la revista de Charles Dickens, y por eso a veces el ritmo narrativo se hace un poco pesado, y parece alargarse en algunos pasajes, pero aún así es de lo más entretenida.

Parte de este libro lo he leído ya en mi nuevo, flamante y fabuloso Hanlin V3, la mejor compra que he hecho en mucho tiempo. La tecnología e-ink es genial, es casi exactamente igual que leer sobre papel, solo que es muchísimo más ligero que cualquier libro, y caben centenares en la memoria. Para los que quieran animarse, en www.apoloxxi.com los venden, una gente serísima y de lo más eficiente.

En las novelas de Jane Austen, uno sabe desde el principio cómo va a acabar la cosa: aunque se sufre temiendo que la pobre chica se quedará soltera y pobre, sabemos de sobra que se casará con el hombre adecuado y serán felices para siempre.

En las novelas de Edith Wharton es igual, pero todo lo contrario. Sabemos que todo va a salir mal, y que la protagonista no conocerá más que sufrimientos y miseria durante toda su vida, pero aún así nos sorprende llegando a alcanzar una pesadumbre tan espesa que sorprende que la pobre chica pueda respirar.

En esta ocasión tenemos dos hermanas, pobres como ratas, y sin ninguna esperanza en la vida. Según se va desarrollando la historia, da la impresión de que la mayor va a sacrificar sus posibilidades de ser feliz en favor de su hermana, pero no: las dos acaban fatal.

Voy a buscarme algo ligerito para descansar, o tendré que darme al Prozac.

Me habló de este libro una amiga, que no lo había leído, pero había oído hablar de él (favorablemente, claro), así que lo busqué, y lo leí.

Es una lectura rápida, lo empecé anoche y lo terminé esta tarde, no creo haber tardado mucho más de un par de horas, así que no me voy a quejar de haber perdido el tiempo, pero, la verdad, podría haber pasado perfectamente sin leerlo.

Se supone que está contado por un chico autista, pero no me lo he creído. No porque no crea que un autista sea capaz de relatar una historia, sino porque, con lo que se nos cuenta en el propio libro, queda claro que está dispuesto a todo con tal de evitar comunicarse con los demás. ¿Para qué iba a escribir un libro? Tiene razón un amigo mío que dice que ya no se da importancia a la credibilidad de la voz narrativa.

Por lo demás, es una mera anécdota: un autista se enfada con su padre. Tiene motivos, incluso para enfadarse muchísimo más, pero la historia no va más allá, así que no tiene más que contar.

Al igual que en “Las vírgenes suicidas”, el autor nos cuenta toda la enjundia del libro en la primera página: el protagonista es hermafrodita, debido a un gen recesivo que se manifiesta porque sus abuelos eran hermanos (!!!!), y no se lo descubren hasta la adolescencia, por lo que se cría como si fuera una niña.

En realidad es una información necesaria para que el golpe que supone el descubrimiento sea realmente efectivo. Uno se pasa más de 500 páginas en vilo, esperando a que la pobre Callie se de cuenta de que tiene pajarito.

También esta novela está relatada en primera persona, pero esta vez la narradora es la propia Calliope. Sin embargo, tiene las capacidades de un narrador omnipresente: conoce los pensamientos de todos los personajes, y recuerda no sólo el momento de su propio nacimiento, sino también acontecimientos anteriores. No muy verosímil, pero interesante.

Me ha gustado mucho, aunque la primera parte, cuando cuenta la historia de sus abuelos, se me hizo un poco larga y pesada.

El autor dice que el hombre que le contó esta historia le dijo que le haría creer en Dios. Por supuesto, esto no es cierto, y en realidad tampoco se esfuerza mucho en conseguirlo, así que mi ateísmo no peligró en ningún momento. Pero es una historia preciosa, emocionante , angustiosa y sorprendente, aún sin meter a Dios en ella. ¡Y está bien escrita!

He tardado dos días en leer el libro, a toda velocidad, porque estaba deseando saber cómo iba a seguir, y aun así a veces tenía que parar en seco porque una frase me sorprendía tanto que necesitaba releerla dos veces o tres veces.

Me daba un poco de miedo que se estropease al final, que hubiese una intervención divina o un milagro para rescatar a Pi, pero no, es perfecto, a la vez feliz y trágico.

Se nota que el autor se ha documentado a fondo tanto sobre naufragios como zoológicos, incluso sobre gastronomía Indú, lo que hace que una historia totalmente inverosímil parezca perfectamente plausible.

Estoy buscando más libros de este autor, aunque me temo que no serán tan buenos.

Desde el principio del libro sabemos cuál va a ser el final de las cinco hermanas Lisbon –incluso sabemos cuál será la última en suicidarse: Mary– y sin embargo, es un libro lleno de tensión, llega un punto en que casi está uno deseando que acaben de una vez, que se libren de su encierro, aunque sea de una forma tan drástica. Pero parece una crueldad por parte de las niñas que busquen testigos para sus suicidios. ¿O quizás buscaban que las salvasen?

Otra historia que sería muy interesantes es la de la obsesión que sentían por las cinco hermanas los chicos de su entorno, sus vecinos y compañeros de colegio. El autor nunca se identifica, se esconde tras un “nosotros”. Se refiere a muchos de los chicos por sus nombres, pero nunca sabemos quién es él, ni qué relación tenía exactamente con las niñas Lisbon. Cuenta la salida de las chicas al baile como si él fuera uno de los chicos que las acompaña, pero no sabemos cuál de ellos es, lo convierte en algo grupal y homogéneo.

 

Una historia terrible.

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