Creo que fue en el instituto cuando en la clase de Inglés pretendieron hacerme leer una versión reducida de David Copperfield, con poco éxito. En primer lugar, nunca me gustó que me impusieran ninguna lectura, puesto que me quitaba tiempo para leer novelas de mi elección, y en segundo lugar porque por aquel entonces mi madre ya me había inculcado un sano desprecio por lo que ella llamaba las “versiones para tontos”. Si un gran escritor escribe una gran obra que perdura para convertirse en un clásico está muy bien y es una gran idea leerla. Pero si no te ves capaz, lee algo que esté a la altura de tus capacidades, en lugar del resumen de algún mediocre.
Por ese motivo siempre le tuve cierta manía a esta novela a pesar de ser una gran admiradora de Dickens. Pero como soy una persona racional (a veces), por fin me desprendí de mis prejuicios y me decidí a leerla para celebrar el Año Dickens.
Me descargué una edición en castellano, por pura vagancia. Se trata de una novela tan larga que pensé que tardaría mucho más en leerla en inglés, pero más me habría valido hacer el esfuerzo. El traductor ha dejado desperdigados muchos leísmos e incluso algún laísmo, no los suficientes como para hacerme dejar de leer pero sí como para darme grima. No entiendo qué dificultad encuentra la gente para usar los pronombres correctos, pero está claro que es inútil explicarlo otra vez.
Por si esto fuera poco, cuando apenas llevaba 50 páginas un compañero de trabajo me soltó un spoiler mayúsculo, espantoso y destructor para el que las leyes del karma deberían haber conjurado de inmediato a Uma Thurman con su katana para que cortase en lonchas al infractor. ¿Cómo se puede ser tan ruin?
A pesar de todos estos impedimentos, tras dos semanas de lectura, lo he terminado, y me ha quedado claro que el pobre David Copperfield es un pagafantas. El protagonista y narrador de la historia es un chico sensible, inocente, siempre bien pensado y en cualquier ocasión dispuesto a disculpar las mezquindades de los demás. Y eso, en la Inglaterra de Dickens, lo convertía en el objeto del abuso de cualquiera, empezando por su padrastro y la terrible hermana de éste, Miss Murdstone. La descripción que el autor hace de esta mujer es tan extraordinaria que no me queda más remedio que copiarla aquí:
Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre. Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss Murdstone.
Y por eso me encanta Dickens.
La trama es complicada y llena de personajes secundarios deliciosos, llenos de peculiaridades y manías increíbles, algunos divertidísimos, como la familia Micawber al completo, otros malvados hasta en sus movimientos convulsos, como el espantoso Uriah Heep. La tía Betsy Trotwood en su guerra sin cuartel contra los asnos, y sus continuas alusiones a la inexistente hermana de David, y un gran número de personajes menores que hacen que la historia, aunque ficticia, sea real.
Nuestro héroe, como corresponde a alguien de su sensibilidad, es terriblemente enamoradizo. El objeto de su afecto es Dora, una muchachita linda y bastante boba para la que los números “no quieren sumarse”, con lo que la admiración de David no hace más que aumentar. La pobre chica no puede evitar ser corta, pero no comprendo que a un hombre le pueda gustar algo así. Espero que sea una moda que no vuelva, porque yo no he tenido problemas para sumar nada desde que tenía 6 años.
Ésta se considera la novela más autobiográfica de Dickens, ya que refleja acontecimientos de su propia vida, como la etapa de su infancia en la que tuvo que trabajar en una fábrica. El horror que sintió ante la mugre de aquella fábrica y ante la ignorancia sin paliativos de los demás chicos allí empleados, la angustia al no tener esperanzas de conseguir una educación, todo aquello debió dejar una huella imborrable en él, que queda reflejada en esta obra.
