Camino a la libertad

Odio el frío. Es algo que no puedo soportar, que me deprime y hace que me sienta hundida en la desesperación. Alguna vez he pasado mucho calor, y cuando digo mucho me refiero al trópico, a temperaturas muy altas y con una humedad tremenda, y es verdad que es desagradable, pero para mí eso no es nada con esa sensación espantosa de tener los pies tan helados que el frío te llega a las rodillas. Me saca de quicio que me digan eso de que “si tienes frío te abrigas y ya está, pero el calor no tiene solución”. Pues no, yo me abrigo y sigo teniendo frío y la única solución es meter los pies en la chimenea, que es mejor una quemadura de segundo grado que la hipotermia.

Eso es lo primero que me ha venido a la mente al empezar esta película, la última del director Peter Weir, sobre un grupo de prisioneros de un gulag ruso que deciden huir atravesando la tundra siberiana. El trayecto es durísimo y lleno de peligros, pero los he entendido perfectamente, porque es mejor morir que soportar aquel infierno helado. Las escenas en el gulag y después huyendo en los bosques, con temperaturas de -40ºC, son para mí la imagen de la miseria más absoluta. Y aunque luego su aventura continua atravesando Mongolia por el desierto del Gobi, padeciendo un calor y una sed espantosas, a mí lo único que se me ocurría pensar es que al menos no tenían frío.

Dejando al margen la temperatura, la película me ha encantado. Peter Weir es uno de mis directores favoritos desde hace años, desde Único testigo y La costa de los mosquitos, y creo que es uno de los pocos directores de hoy en día capaces de mostrar hasta dónde puede llegar la condición humana cuando se llega al límite. Me fascinan este tipo de historias en las que una persona se encuentra con todo en su contra, hasta los elementos, y aún así sigue adelante sin importarle que el resultado más probable sea la derrota, y Weir lo cuenta con gran maestría. En este caso el mayor impedimento es el entorno y el director hace un uso del paisaje que hasta diría que me recuerda a David Lean. Se entiende claramente por qué National Geographic quiso producir la película.

Me ha recordado un poco a La costa de los mosquitos, tanto  por el entorno hostil como por el tratamiento que se hace de lo que en realidad es la obsesión de un hombre. Salvando las distancias, claro, porque el personaje de Harrison Ford en La costa… tenía un trastorno mental, mientras que este otro pobre diablo se encontraba en la situación que estaba muy en contra de su voluntad.

Otro punto a favor de la película es lo bien que están los actores, empezando por Ed Harris aunque claro, eso no es ninguna sorpresa. Me encanta esa cara que parece ya curtida por los elementos y esa mirada firme y tranquila.

Pero es que hasta Colin Farrell, que normalmente elige unos papeles de matón que podría interpretar una ameba, está verdaderamente bien en el papel del único ruso —y comunista convencido— del grupo, un criminal común entre presos políticos sin un atisbo de sentimentalismo, pero que tiene las cosas muy claras.

Una cosa que no me ha gustado mucho es que al final hay como un pequeño resumen histórico sobre la caída del comunismo que no sé muy bien a qué venía. Tenía un cierto aire de panfleto estadounidense anticomunista que creía que ya estaba pasado de moda, la verdad. Por lo demás, una peli estupenda, una historia extraordinaria, y sin necesidad de efectos especiales ni de que nadie explote.