La protagonista y narradora de esta novela, Melinda, tiene 14 años y acaba de llegar al instituto. Durante el verano ha sufrido un incidente del que no quiere hablar ni consigo misma, pero es algo tan terrible que no deja sitio para nada más, por lo que, como no es capaz de hablar de ello, poco a poco va dejando de hablar por completo. Ha perdido a todas sus amigas, sus notas caen en picado y está cada vez más aislada en sí misma.
Digo yo que cuando de un día para otro una niña feliz, con amigas y buenas notas se convierte en una especie de zombie mudo, alguien debería de darse cuenta de que le ha pasado algo, y no considerarlo pura rebeldía adolescente. Da la impresión de que los padres de Melinda no se dan cuenta de que algo va mal hasta que les llegan las notas, y entonces su reacción es regañarla. A todo esto la niña responde con un mutismo total.
No es muy difícil adivinar lo que le ha pasado, a pesar de que la información se va administrando con cuentagotas, pero no lo voy a contar aquí, por si hay algún despistado a quien le cueste adivinarlo. Sabemos que hubo una fiesta, que había alcohol, que Melinda llamó a la policía, motivo por el que todos sus compañeros están furiosos con ella, y luego huyó. Pero nadie parace interesado en saber por qué creyó necesario pedir ayuda. Eso es lo que me resulta más difícil de creer, pero en general es una historia muy bien contada.
La novela ya tiene 10 años, pero ha envejecido muy bien, podría haber transcurrido hoy mismo y no se notaría la diferencia, salvo por la falta de tecnología moderna, como teléfonos móviles, en la historia (¿dónde se ha visto a unos críos de 14 años sin teléfono?). Desde entonces la autora ha escrito varios libros más de temática adolescente, como la anorexia, y otros de ambientación histórica.
